Olvidar
o ir haciendo limpieza.
El olvido es una función esencial del cerebro, que nos ayuda al adaptarnos con mayor flexibilidad al entorno actual. Así como recordar nos permite retener lo vivido como fuente de conocimiento y con el objetivo de ser de nuevo utilizado para una mejor adaptación en la mayoría de las situaciones, precisamente ese potencial del recuerdo puede ser francamente desadaptativa en otras.
Lo que guardamos en su momento bajo llave en las células del cerebro para prepararnos ante un mundo futuro y desconocido, o para tener una sensación de continuidad, estabilidad o identidad, fue registrado en unas condiciones determinadas, por las razones que eran pertinentes en aquel momento.
Y es que, memorizar, aprender y después recordar, lejos de tratarse de un proceso objetivo, está íntima y profundamente mediado por lo que nos resultaba relevante para nuestra emoción, nuestras preferencias y objetivos en ese momento. Y, sobre todo, es un proceso inconsciente, por el ahorro de energía que pretende lograr, simbolizando, automatizando o categorizando la información, para no tener que procesar una primera experiencia de las cosas una y otra vez.
Con el tiempo, entonces, perdemos la noción de cómo, por qué y para qué fue necesario grabar lo que grabamos, y llegar a las conclusiones acerca de los demás, el mundo o nosotros mismos a las que llegamos.
Los conflictos de relación que se enconan en forma de rencor, por ejemplo, pueden tener un sentido un tiempo pero después de que el conflicto abierto acabe y tengamos que continuar conviviendo, y el entorno externo cambie, mantener vivo el dolor a través de ‘ver’ las escenas dolosas una y otra vez en la mente, tiene más inconvenientes que ventajas, ya que la mente nos va a proponer ese recuerdo reiteradamente como manera de dar sentido a lo que nos es incómodo, en una especie de circuito cerrado en el que el recuerdo y la obsesión empiezan a parecerse.
Olvidar en esos casos podría ser más un pacto con el presente que una dejación con el pasado, ya que, aunque no lo creamos, necesitamos todos los recursos de los que podamos disponer para adaptarnos a una vida que continúa, con sus retos apremiantes y sus realidades palpables. Ya es bastante complejo vivir en el ‘hoy’. Y ‘vivir’ mentalmente en otro lugar, en otro tiempo, aliarnos con el pasado puede lastrarnos y hacernos sufrir sin un impacto real en el presente, uno que haga que la vida sea mejor hoy, cuando la vivimos.
Y la idea fundamental sobre el olvido en este punto es simple: la libertad de movimiento, también mental, es fundamental para adaptarnos y nuestra lealtad a ciertos recuerdos, a ciertos procedimientos para estar en el mundo, puede convertirse en una fuente de opresión que nadie nos impone.




Aprender a pensar con cierta disciplina ayuda a ordenar el caos externo y a autoregularnos, el minimalismo mental aquí, es una sabia herramienta, ¡gracias!