El doctor dijo que no había nada de qué preocuparse. Solo un virus, de esos que andan sueltos estos días. Reposo, agua, cama y que descansen mis poesías. Bufanda, guantes, gorro y pronto debería pasar. Mientras tanto, ¿cómo hacerte leer mi mente? Mi aliento secuestrado por algo más, por una vez. Poco sabía del mapa de mis gestos, garabatos sin sentido descifrados poco a poco por mi intérprete personal. Conoces mis caminos de memoria y sabes que mis párpados tomarán el relevo de mis labios cuando no quiero que mi sonrisa me delate. Y contaré con mis dedos los besos que me debes. Unos ojos pispiretos reemplazan mi tengo hambre; un suspiro y sabes saciar mi sed. Pequeño lenguaje oculto; onomatopeyas enlazadas. Predicciones acertadas al segundo; un susurro, una mirada: mi códice resuelto. El aire corre frío y no me importa la ausencia de palabras mientras mi cabeza encuentre siempre su lugar: Pequeño nido, dulce cueva, reservada para mí perpetuamente.
Mariana Anaya es doctorante en Neurociencias por el Instituto del Cerebro de París. Su investigación se enfoca en estudio de los mecanismos cognitivos y motivacionales en la enfermedad de Párkinson. De forma paralela, es escritora ocasional de poesía. Entre la ciencia y la palabra, teje puentes entre de dualidad y duelo migratorio. Reside en París desde hace seis años.




