He cambiado de internet. Me he pasado al blanco y negro. Se puede. Hay que ir a ajustes y elegir la opción “escala de grises”.
Durante el año y medio que no he pasado por aquí he estado haciendo cambios profundos en la relación que tengo con mi móvil.
Alguna vez conté que hago música imaginando un fantasma que vaga por el mundo y captura los crujidos y lamentos del sistema para convertirlos en algo nuevo.
Bien, como era de esperar, todo este tiempo el fantasma era yo mismo: vagando por el mundo sin sentir nada, escondido bajo la sábana, insensibilizado por ese espejito brillante del mal que llevo en el bolsillo trasero del pantalón y que solo refleja las cosas que me hacen daño. Espejito, espejito, sal de mi vida.
No puedo prescindir de él y romperlo de un martillazo porque uno vive en este sistema, tiene que trabajar, comunicarse con los suyos, como casi todos los seres humanos. Pero estoy logrando convertirlo en una herramienta completamente insulsa, desganada y utilitaria.
En casa he transformado el móvil en un teléfono fijo, conectado permanentemente por un cable a mi equipo de música: no emite ningún sonido ni vibración, no muestra ninguna notificación, no escucho las llamadas, solo emite la música que escucho, es un iPod con mensajería silenciada.
En WhatsApp configuré este mensaje de ausencia automático que recibe todo el mundo:

Puse límites de tiempo en las redes sociales, me instalé One Sec e incluso comencé a dejar el móvil en el hotel cuando me iba a tocar.
Aun así, el hastío sigue llamando a la puerta cada vez que abro Instagram.
Ahí estoy, habiendo hecho mi rehab digital, viendo cómo Israel comete un genocidio atroz contra el pueblo palestino, un exterminio en directo en el móvil.
Me quedo devastado, con el corazón roto, no doy crédito, pero al mismo tiempo pienso que esto no se debería sentir así de liviano, que no estoy sintiendo como debería sentir, falta el peso y la magnitud del horror que está sucediendo delante de mis ojos. Es el vacío digital.
He normalizado que ocurran cosas horribles constantemente, perpetradas por hombres deleznables, narcisistas y malvados que presiden el mundo, elegidos por la peña con total normalidad.
Ya no me sorprende ningún mal que pueda suceder en el planeta.
Pero recuerdo que cuando solo había periódico en papel blanco y negro, me sentía muy diferente.
Así que pensé en convertir mi internet en un periódico antiguo. Por si servía de algo.
Ahora Google Maps es una especie de pantalla extraña de una vieja Game Boy. Instagram ya no es un scroll infinito de chucherías visuales y un festival del azúcar óptico: ahora es una mezcla entre el arcaico tablón de anuncios y la sección de decesos.
Mi móvil es un desierto en escala de gris y, de repente, creo estoy empezando a sentirme algo mejor.
El mundo de ahí fuera es en color.
El mundo de mi espejito mentiroso es en blanco y negro.
Esto ya tiene más sentido.
Un día quizás estará bien contar todas las cosas buenas que me ha traído esta obsesión con eliminar en todo lo posible el móvil de mi vida. Pero lo que sí me lleva tiempo ocurriendo es que he vuelto a la música: a hacerla y a escucharla con atención plena, con curiosidad.
He vuelto a maravillarme con ella como cuando era joven, así que solo por eso ya ha merecido la pena.
Durante este viaje también he pensado en muchas ocasiones que nuestros móviles han mermado el poder profundo y místico que tiene la música sobre los seres humanos: no solo de emocionar, sino también de ayudarnos a comprender el mundo que habitamos, de ser agente del cambio y cimiento en lo político, de despertarnos.
El otro día escuché algo que me ha transformado y que me ha hecho volver a sentir cosas con plenitud.
He vuelto a creer en el poder infinito de la música y del sonido.
Terre Thaemlitz hace una meditación sonora apabullante y desgarradora sobre el genocidio que el estado de Israel está cometiendo en Gaza mientras el mundo permanece impasible sin actuar.
Si las palabras y las imágenes en tu scroll ya no te hacen sentir nada, quizás esto sí.

