Valencia
Tu generación es la de las visitas de Juan Pablo en 1982, que te pilló con los sueños por cumplir, y la de Benedicto en ... 2006, que te encontró con esos sueños ya incumplidos. Francisco no vio razones para visitarnos, también eso forma parte del intríngulis de tu historia. Y ahora, León regresa para recordarte que el tiempo de Dios se mide en Papas. La vida se repite. La dana del barranco del Poyo del año pasado, por ejemplo, es la «pantanada» de Tous de aquel 82; calvario de cruces en tu biografía, una al principio y otra al final. Para quien no lo recuerde, el desmoronamiento de una presa en Tous liberó una ola de ciento treinta millones de metros cúbicos de agua desembalsada que se llevó por delante pueblos enteros, un tsunami tierra adentro. En las ciudades establecidas aguas abajo el cataclismo no fue menor, el torrente de lodo circuló por las calles de Carcaixent y Alzira alcanzando los cuatro metros de altura y entró por los segundos pisos.
Esa noche, tú estabas estudiando al tiempo que escuchabas un programa deportivo en la radio. Supergarcía cortó su guion y se metió hasta el cuello en la catástrofe, nadie más informó en directo. Dicen que el presidente Calvo-Sotelo, ingeniero de profesión, colgó el teléfono al guardia civil que le despertó espetándole: «¡Las presas no se derrumban, merluzo!». Aún conservas un dedo de barro en el fondo del corazón por aquel agrio recuerdo. Pues bien, unos días después, Juan Pablo aterrizó en una Valencia cabizbaja y que respiraba despacio para contener la rabia, cambió de itinerario y se presentó en la Muntanyeta del Salvador, cerca de los damnificados. Allí rompió el protocolo, arropó a los familiares de los ahogados y besó a quienes no tenían consuelo posible. Rezó en silencio arrodillado ante la Virgen del Lluch. Dijo: «La caridad y el sentido humanitario no pueden permanecer indiferentes ante la muerte y la destrucción». Y cuando ya se marchaba, se escuchó a una de las víctimas exclamar: «¡No me lo creo, me pellizco y no me lo creo, el Papa ha venido a verme a mí!».
Ese es el sentido de todas las visitas de los Papas. Aunque, en el caso de León, yo diría que es a la propia España a quien viene a ver y confortar. A esta España cínica, empobrecida y desilusionada, a la del Gobierno putrefacto y la de los demagogos que empujan a los pobres al mar, a la que le han vuelto a sembrar el odio en las entrañas. Menos fotos y más vergüenza institucional porque el Papa no es un turista, sino un médico y, si se sabe digno de entrar en nuestra casa, será que necesitamos una palabra suya para sanarnos. Es el Papa de cuando España ya no recuerda que tuvo sueños. El penúltimo tuyo, el primero de tus hijos.
El Papa viene a ver a esta España del Gobierno putrefacto y de los demagogos que empujan a los pobres al mar