Insatisfechos
Sobre el incoformismo humano
“Y quizás ahora, nada”
Vivimos en un mundo que nos exige demasiado. En el guión que hoy está escrito de forma invisible entre las calles, las noticias, los carteles, las redes sociales, nos invitan a perseguir siempre algo nuevo. También, a generarnos un cúmulo de ansiedades que se nos desbordan desde el corazón, pasando por la garganta, saliendo por los ojos y volviendo a entrar en el aire que respiramos desde que nos despertamos. No nos da tregua. No tenemos descanso.
La carrera no alcanza, el trabajo tampoco, tu versión no es la mejor, podrías ser aún algo más increíble, la comida tiene que ser más sana, la casa puede ser más grande, quizás es momento de tener hijos, deberías mudarte a la montaña, esas vacaciones al mar transparente están tardando mucho en llegar, la gente es pobre, la gente es rica, el auto más cómodo, la jeta tiene arrugas, ¿por qué no estás meditando?, la jubilación será un problema, esos kilos de más se te están notando, ¿de verdad no querés ser madre?, otra bomba, otra guerra, volvete fit, comé proteína, envejecé fuerte, viví en otro país, volvé todo una experiencia, perseguí ese puesto, sé solidario, no leas las noticias, abstraete, leelas, informate, alcanzá el estándar más alto de belleza, hacete hippie, pagá la tarjeta, sacalo en cuotas, ¿por qué todavía no sos jefe?, casate, divorciate, cambiá la tele, mirá el mundial, abrumate, preocupate, rendite, no te rindas.
Vivir se volvió agotador.
Ayer conversé varias horas con una de mis primas. Varias horas porque yo suelo mandar mensajes mientras todos duermen en mi país y cuando me responden, quizás yo estoy en llamadas de trabajo u ocupada con mis hijos o durmiendo. Entonces, algo que podría darse en algunos minutos se transforma en una conversación que inicia un día y quizás, termina dos o tres después.
El concepto de la insatisfacción se nos fue entrelazando con cada frase, cada oración, e intentamos desmenuzarlo entre las dos un poco más para entender esa sensación de que siempre nos estaba faltando algo para ser felices. O para darle un cierre al círculo de la vida que eventualmente, nos tocará terminar algunos años más adelante. ¿Y estamos acá para qué? ¿Y por qué si todo parece estar en orden yo siento en el pecho que no, que me está faltando algo? ¿Qué es lo que estoy persiguiendo aún cuando creo ya tenerlo todo? ¿Por qué nada me alcanza? ¿Por qué siempre siento que tengo que estar en movimiento?
Allí, la zanahoria. Allí, la sensación de tener que ir siempre por algo más. Es cierto, está en nuestra naturaleza. Así evolucionamos, así fuimos cambiando Eras, siglos y comportamientos, avances médicos y tecnológicos, leyes y derechos. Aún si hoy pareciera que en realidad, estamos yendo hacia atrás en términos de humanidad frente a tanta violencia, a tantos extremos, a tanto poder, la realidad es que aquello que siempre nos llamó a salir de la cueva, sigue vigente, vivo, encendido. Adentro.
Está bien sentir que debemos estar en movimiento. Está bien cuestionarnos las cosas. Está bien querer cambiar, ser mejores. No quedarnos en lo estático. Tomar decisiones, consultarlas, compartirlas. Seguir haciendo, seguir caminando hacia delante, a aquel horizonte utópico o no. A fin de cuentas, no es en realidad la vida un círculo, si no, un espiral.
Pero ¿qué pasa cuando no solo el mundo empieza a abrumarnos si no también, nosotros mismos? Cuando apoyamos la cabeza en la almohada y sentimos que un vacío nos habita dentro. Cuando miramos alrededor, lo sentimos suficiente, pero hay algo que nos golpea, nos incomoda, nos hace dudar y no estamos seguros si viene del corazón, de la cabeza, de la vida misma susurrándonos al oído “con esto no basta”.
Y observamos con atención y vemos los objetivos alcanzados, aquellos que nos impusimos -o nos impusieron- alguna vez. Entonces, la casa está en orden, los niños estudian y son sanos, o afianzaste con convicción y seguridad que no querés ser madre o padre, tenés un buen coche, terminaste de pagar el préstamo, sacaste un ocho y te recibiste, visitaste cincuenta países, abultaste la cuenta del banco tanto que hasta podrías no trabajar nunca más, disfrutaste de tus padres hasta el final de sus días, quisiste abrir un negocio y lo hiciste, te ves al espejo y te sentís conforme, perdonaste, te perdonaron, hacés terapia porque querés ser mejor persona, sanaste un poco aquella herida, hacés lo que te gusta, llegás a fin de mes justo pero llegás. No importa qué. No importa cuántos objetivos hayamos cumplido, estemos cumpliendo. En algún instante de descuido, nos toca la puerta la incerteza, la incomodidad, la insatisfacción y nos grita “Hola, llegué”.
En lo personal -y en este caso, lo que un poco le sucedía también a mi prima- la sensación tenía un poco que ver con el hecho de necesitar entender con claridad -y mucha profundidad- para qué estamos acá. No puede ser solamente la carrera, el estudio, la familia, el trabajo, la casa. TIENE que haber algo más. Repasamos juntas los logros y las dudas. Fuimos llegando a la conclusión de que a veces, deberíamos aferrarnos a aquel concepto tan bello de Isaac Asimov: “Tal vez la felicidad sea esto: no sentir que debes estar en otro lado, haciendo otra cosa, siendo alguien más”. Sobre todo, cuando todo tiembla alrededor. Cuando muchas de las aristas de nuestra vida están en crisis. Cuando el mundo no nos acompaña.
Y quizás, ahora, nada. Quizás ahora hay que quedarse donde uno está. Sin salir de ninguna zona de confort. Quizás, ahora, es nada. Disfrutar de lo que ya existe. Abrazar la insatisfacción. La incomodidad. Esperar, observar, ver qué es lo que la vida nos proveerá. Es un poco personal compartir un audio de WhatsApp, pero el concepto que empezamos a encerrar -o a liberar, mejor dicho- venía por acá:
“Quizás no hace falta”.
Y así como para algunos es necesario y vital en momentos de crisis y dudas “hacer la plancha en el mar” y esperar a que las olas vayan moviéndolos o trayendo lo que haga falta, para otros, sea lo contrario. Y también está bien.
Ahí, aparece otra idea que me encanta y me parece hermosa y, a decir verdad, fue así como me moví toda la vida: salta y aparecerá la red.
Está bien ser muchas versiones. Guardarlas todas dentro e ir sacando cada forma de ser que tenemos según la ocasión y las ganas. Está bien tener miedo y ser valientes. Quedarnos quietos y saltar. Me parece de una capacidad humana inigualable y brillante poder movernos según las emociones y lo que nos rompe por dentro, aún si es cambiante como las propias estaciones. Vamos de la mano con este mundo que en su rotación y translación nos proyecta de la misma manera esa forma de vivir: rotando sobre nuestros propios ejes, con nuestras propias ideas y convicciones, mientras orbitamos entre todos los otros, entre todos esos otros mundos de ideas y convicciones. Ahí, intentamos sobrevivir, intercambiar, perseguir, ganando y perdiendo tantas cosas en el camino.
Sea lo que sea que te toque hoy, ojalá esta lectura te sirva para darte un empujón o para quedarte en donde estás. Sea lo que sea que estés sintiendo, siempre es bueno saber que no andamos tan solos en nuestras propias mentes, en esos pesares, en esas alegrías.
Entonces, vale la tregua con nosotros mismos. Vale buscar el silencio o el grito. Vale indignarse con la realidad que nos golpea así como también es de gran emergencia llenar de buenas intenciones y de humanidad a esta Tierra. Vale que te sientes y analices mucho, que dejés de pensarlo todo o que te tires al vacío esperando que aparezca esa red. Vale lo que tu corazón decida simplemente porque vos valés un Universo. Así que, lo que sea te esté incomodando, lo que sea te esté haciendo sentir en un loop de insatisfacción constante, sacalo afuera, miralo a los ojos y de una vez, tomate el tiempo de entenderlo y de sentirlo, en el silencio absoluto de algún instante de tu día. Yo solamente te voy a volver a recordar que está vida es un suspiro. Que somos todo. Pero al mismo tiempo no somos nada. Ahora estamos acá. Yo escribiéndote. Vos, leyéndome. Y que ojalá lo hagamos durante mucho tiempo más.
Pero si así no fuera, lo mejor será siempre vivir una vida honesta y plagada de cosas simples: las profundas, las que nos alejen de los arrepentimientos, las que nos hagan saltar a veces y otras, simplemente flotar en este dulce y tormentoso mar.





Excelente me encantó!!
Muy sabias tus palabras, Meli! Y ahora q nos vimos, me encantan más tus escrituras!!! Gracias x compartir tu tiempo con nosotros hoy.