Esa mujer.
La mujer sale de allí cubriéndose el rostro, como si su cara no hubiese ilustrado ya titulares. Como si no se conociese ya su voz, su sonrisa extraña, su mirada desafiante, su actitud chulesca. Quizá se esconda porque siente que ya no es la misma persona. Sale de allí desnuda. Desarmada. Es la vergüenza de la peor fealdad. No quiere que vean lo que no ha visto ni ella. Porque ella veía audacia en el oportunismo e inteligencia en la farsa.
¿Quién puede ser ella a partir de ahora?
Sale sujetando levemente el borde de la capucha que la protege, dejando a la vista un rincón de su rostro, como si quisiese que advirtamos la media sonrisa que esboza, los brazos cruzados semejando un corte de mangas. Todo en ella es ambiguo, engañoso, zafio, oscuro. Está hecha para mentir, para actuar. Aspirante a actriz principal que queda relegada a chica de los recados sucios entre bambalinas. A veces el protagonista ha accedido a hacerse una foto con ella, y esa imagen la acompaña en su galería de favoritos (también en su cabeza). Siente que se la valora, que es imprescindible por diligente y sagaz, que es ella quien realmente maneja los hilos como un titiritero detrás del escenario. No se da cuenta, quizá, de que es tan solo la encargada de limpiar la suciedad donde nadie la vea.
La mujer se ha visto obligada a salir al escenario. En su mano, una escoba llena de porquería ajena que ahora también es suya. Fuera de las sombras, bajo los focos, se aprecia toda la mediocridad que procura esconder. Solo deja ver media sonrisa. Puede que sea el mensaje de quien se da cuenta de que una escoba es también un palo. Y un palo es un arma capaz de tirar abajo el más bello decorado.



Gracias Marta! parece que estes describiendo a muchas de las mujeres del PSOE...agggghhh