Tic tac, tic tac
How ‘bout not equating death with stopping?
Thank U - Alanis Morissette
Este texto está inspirado en hechos reales de mi práctica médica.
Por cuestiones de confidencialidad y ética profesional, quiero que establezcamos un pacto de lectura: cuando comparta historias que involucren a pacientes o colegas, todos los nombres y los elementos que pudieran llegar a identificar a los protagonistas estarán alterados. Con fines literarios, también me verán jugar con la primera y la tercera persona, fusionar diálogos, decorar recuerdos. Y jamás, revelar qué es literal y qué es licencia poética.—¿Podrías ir a ver a este paciente? —me preguntó mi jefa. —No estoy segura de que seamos el mejor equipo para ayudarlo, pero andá a echarle un ojo por favor.
—Suena interesante —le dije, después de que me hiciera un resumen del caso.
Era viernes a la tarde. Estaba esperando que se hicieran las cinco para ponerle un moño a la semana laboral, tomarme un tren al centro de Londres e ir a cenar con amigas. Pero los viernes son siempre una caja de Pandora en los hospitales, una nunca puede predecir el horario en el que va a salir, ni mucho menos las historias frescas que puede llevar a casa para conversar el fin de semana. Pensaba en esto mientras caminaba por los pasillos hasta la sala de nefrología para encontrarme con Lucas, de treinta y cuatro años, con un flamante diagnóstico de hipertensión maligna con daño de órgano blanco. Sus retinas, corazón y riñones estaban afectados. Estaba medicado con seis antihipertensivos y le habían ofrecido hemodiálisis para evitar el colapso de sus riñones, pero él se había negado. Sus médicos a cargo habían evaluado su estado mental y la conclusión era que estaba en su sano juicio y entendía las consecuencias de su decisión. Aparentemente, solo tenía otra opinión.
Me puse a pensar las palabras que usaría para tratar de… ¿convencerlo? de que aceptara este tratamiento que le podría salvar la vida. Me imaginé que los nefrólogos no habrían sido lo suficientemente honestos sobre el pronóstico, o que quizás habrían charlado sobre la posibilidad de un paro cardíaco si su potasio se disparaba culpa de sus riñones injuriados, pero no habrían detallado las chances mínimas de supervivencia si esto pasara en casa. Tal vez, ni siquiera habrían mencionado la palabra muerte. También cabía la posibilidad de que el pobre Lucas estuviera muerto de miedo y nadie hubiera tenido tiempo para desentrañar sus preguntas.
Construí un alegato convincente en mi cabeza y llegué a la sala sintiéndome segura y altruista. Como una doctora que estaba allí para salvar una vida. Era una sensación a la que me había desacostumbrado después de tantos años trabajando en cuidados paliativos.
Entré a su habitación y me pidió que me sentara mientras él terminaba de lavarse las manos. Se las lavó de una manera suave y lenta, como si estuviesen hechas de un material frágil. Luego de las presentaciones le dije que me habían pedido interconsulta porque si él no aceptaba la diálisis, la falla renal le iba a empezar a ocasionar unos síntomas insoportables que requerirían mi intervención.
Lucas hablaba con calma, con la templanza de un monje tibetano. Tenía el cabello mota cortado al ras y olía a colonia fresca, varonil. Me costaba vincular los niveles de creatinina por las nubes con el hombre joven y robusto que tenía enfrente. No parecía un moribundo, sin embargo yo estaba ahí para charlar del riesgo de muerte súbita.
—No es que yo le diga un no definitivo a la diálisis —me explicó. —Yo solo digo «no todavía». Les estoy dando tiempo a mis riñones para sanar por su cuenta. El cuerpo es sabio. Así lidié con el covid. Comiendo tomates, cebollas y tomando vitamina C.
—Entiendo. Pero, sabes, esto es diferente…
—Yo sé que los médicos esperan que yo me ponga mejor —me interrumpió, mirándome fijamente a los ojos—. No lo dicen abiertamente pero lo puedo ver en sus caras.
Me pregunto qué cara habré puesto. Yo tenía cualquier cosa menos esperanza de que alguien con semejante falla orgánica irreversible pudiese sobrevivir sin la ayuda de la medicina tradicional. Desde que me dedico a los cuidados paliativos, he pasado horas hablando con mis pacientes o familias sobre no ofrecer o suspender algunos tratamientos que prolongan la vida a costa de la calidad de vida. Este cambio de tribuna me hacía sentir sapo de otro pozo.
Recurrí a las herramientas de los talleres de escritura para describirle los síntomas de la falla renal terminal de la manera más vívida: le hablé de un cansancio como si hubiera corrido tres maratones seguidas para describirle la fatiga, náuseas y vómitos como de comer comida podrida, le dije que podría tener calambres musculares que se sentirían como si se tapara con una frazada de rosales, temblores como si sus piernas fuesen de otro cuerpo, que la falta de aire por exceso de líquido en sus pulmones sería como querer respirar abajo del agua, que podría perder la cordura y desorientarse, empezar a decir cualquier cosa, como alguien con demencia. Él siguió impertérrito. Intenté con datos: le hablé sobre el porcentaje bajo de éxito de las maniobras de reanimación cardiopulmonar. Su cara seguía sin inmutarse.
Le sugerí que hablase con el señor Cantergrand, a quien él conocía de la iglesia, sobre su experiencia haciendo diálisis, y que considerara un enfoque dual: ciencia médica y sanación espiritual, coexistiendo.
—Doctora, yo creo en la vida después de la muerte. Los cuerpos son solo la primera etapa, la material, de nuestras vidas.
Me quedé en silencio, escuchando activamente.
—No estoy preocupado. Hablo mucho con Dios —siguió Lucas.
Dejé su habitación envidiando su aplomo ante el derrumbe y admirando la conexión profunda con su dios, su esperanza genuina de que de alguna manera, lo irreparable sería reparado y si no, también bien porque la muerte no era algo a lo que él le tuviera miedo. De hecho, mi concepto de muerte no era el mismo para él. El saldo de los sesenta minutos que pasé en esa habitación fue un paciente con sus creencias intactas y una doctora con las suyas borroneadas.
Pensé en él durante el fin de semana.
Cuando volví al hospital el lunes, lo primero que hice fue leer su historia clínica. Esperaba leer que había aceptado empezar diálisis y que su laboratorio estaba mejorando. Me atormentaba descubrir que hubiese tenido un paro cardíaco y hubiese terminado en terapia intensiva o, peor, que se hubiese muerto.
Nada de eso pasó.
Unos días después, Lucas se fue de alta con una bolsa de medicamentos para bajarle la presión y un turno en el consultorio de nefrología. Su cuerpo era una bomba de tiempo que no nos permitió desactivar. Ahora regía su alma. Y para esto, ella se había preparado toda su vida.



Madre mía! Espero ansiosa el segundo capitulo! Quizás su energía genere su cura....
Y no sabés nada más de él?