ERES, grande.
Cuando seas grande vas a entender, cuando seas grande podrás ir, cuando seas grande te darás cuenta,
cuando
seas
grande.
Nos lo repitieron tanto hasta que nos cumplió el deseo.
Estoy llegando al “cuando seas grande”, estoy a punto de sentarme en la mesa de adultos y cambiar los vasos de plástico por los de cristal.
De niña pensaba que los grandes tenían un mapa secreto: que siempre sabían qué decir, qué hacer, a qué hora llegar y hasta con quién casarse.
Que abrían la nevera y la comida aparecía por arte de magia, que nada estaba tan lejos para quien sabía manejar un coche y que los problemas se podían resolver como si fueran sopas instantáneas.
Ahora que estoy casi “del otro lado” puedo decir que las sopas que vienen en un sobre saben a m_erda, que los coches gastan demasiada gasolina y que por mucho que quiera no puedo traer a vivir conmigo a todos los perros que viven en la calle.
Pensaba que a esta altura tendría todas las respuestas, pero en cambio llegué aquí con preguntas más complicadas. Preguntas que no tengo idea de cómo contestar, otras que me da terror hacerlo y varias que ni si quiera logro entender.
“Cuando seas grande”
Es la promesa que más nos tomamos en serio de niños. Y es cierto que gran parte se cumplió. Hoy que estoy grande puedo hacer muchas más cosas, pero también muchísimas menos que cuando era niña.
Ya no puedo llorar sin vergüenza, ya nunca más pude comer con mi hermana viendo caricaturas, ni jugar a las escondidas ni tampoco, nunca, volveré a abrazar a mis abuelos.
Ahora, “de grande” entiendo que hay cosas que de niña entendía muchísimo más sobre todo porque: sabía menos.
“Un día tu mamá te cargó, y cuando volvió a apoyarte en el suelo no supiste que esa iba a ser la última vez.” No sé decir en qué momento ocurre pero creo que eso es parte de crecer: coleccionar primeras, pero sobre todo“últimas veces”.
Es verdad: de grande te das cuenta de todo lo que tenías cuando no lo eras .
Nos urge tanto crecer y corremos tan rápido a hacerlo que seguramente por eso es que “de grandes” vivimos con el miedo de hacernos tarde.
Hay días en los que me resulta más difícil pero cada vez me doy cuenta que en realidad no estoy llegando tarde a nada. Que esa urgencia que creció conmigo también necesita descansar.
Que la vida no es esa carrera de los veinte donde todo parece que debe resolverse: trabajo, amor, casa, propósito. Y cuando más lejos miro, soy capaz de ver que todo lo valioso se demora.
Grandma Moses empezó a pintar cuando ya tenía setenta. Toni Morrison publicó su primera novela casi a los cuarenta años. Y en mi caso: lo que supuestamente debí de saber cuando aprendí a escribir, lo entendí graduada y con el título equivocado.
Hay gente que tiene mucho más claro el panorama, pero también hay gente que cambia de piel a los cincuenta y empieza de cero como si hubiera acabado de cumplir dieciocho.
Porque la vida también se trata de perder trenes. De equivocarse de ciudad, de amar a quien no era, de cambiar de rumbo cuando parecía que ya todo estaba decidido.Porque no somos línea recta, somos desvío, curva, giro inesperado.
A veces me digo que lo que hoy parece confusión es apenas la tierra removiéndose para algo que todavía no tiene forma. No hay prisa.
No hay un reloj universal marcando el minuto exacto para casarse, encontrar la pasión o decidir cambiar el rumbo.
Lo que hay es un pulso interno que a veces se esconde y otras veces grita. Y aprender a escucharlo requiere de más coraje que de tiempo.
Tal vez la verdadera adultez sea descubrir (por fin) que los grandes nunca lo supieron todo.
Que “ser grande” es un poco juego, un poco torpeza, bastante miedo y un montón de aventura. Que cada vez que te levantas, y cada vez que decides seguir moviéndote (aunque no tengas certezas), estás creciendo de verdad.
Que el “cuando sea grande” no es un destino que se alcanza, sino algo que tú mismo construyes mientras caminas con paciencia.
Quizás la verdadera libertad no es cumplir con lo que pide una supuesta línea de tiempo, sino dejar que la vida nos encuentre en el momento menos previsto y en el que más necesitamos.
Ser felices con treinta, o setenta años.
-lunatintaypluma
Esto lo escribí para una personita que está a punto de “volverse grande”. Quiero que sepas que la vida empieza muchísimas veces, que en cada paso que das sin tener ni idea de lo que estás haciendo te estás volviendo más valiente y que eso es parte de crecer.
Que no se te olvide nunca que no importa cuantos años cumplas, adentro tuyo siempre vive una niña valiente.
te amo
g-





Ahora a mi “adultez” solo he pensado -WOW- mis papás siempre lo hicieron ver tan fácil
Leyéndote pensé… la grandeza se mide sobre todo por la persona en quien te vas convirtiendo gracias a todo lo que vas viviendo y los aprendizajes que acumulas. No tanto por las líneas de tiempo que nos autoimponemos desde niños.
Gracias por escribir esto fue un abrazo al corazón ❤️🩹