El día en que me di cuenta de que ya no te quería fue triste. Fue un alivio, sí, pero no uno feliz.
Tú no me querías. Era lo mejor para todo el mundo. Tú no me querías, y alguien más esperaba que abandonase tu morada.
Porque tú no me querías, pero otros sí lo hacían. Al parecer tampoco era tan difícil de querer, pese a todo.
Así que cuando me di cuenta de que se te había quedado abierta la puerta de mi jaula, eché a correr de regreso al bosque. Porque tú no me querías y poco te iba a importar, y a mí tampoco me importaba ya.
Ya no dolía. Sólo había un vacío de indiferencia allí donde antes había estado todo lleno de tu nombre y del olor de tu pelo y la sonrisa de tus pestañas. No había nada.
Un prado infinito de margaritas.
Y sentí pena... pena por aquello que fuimos, por aquello que ya no seremos, aunque no por aquello que no pudimos ser.
Una parte de mí va a extrañar el dolor. Va a extrañar tu mirada de niña buena mientras planeabas destruir el universo entero. Porque amaba eso. Porque tú intentabas esconderlo con sonrisas y gatitos, y a mí me gustaba tanto, tanto...
Amaba más tu odio que tu alegría, sin embargo, y eso no estaba bien. Los amaba a todos, sí, pero siempre supiste a cuál amaba más que a nadie. A mi niño roto y desquiciado. Oh, cómo le amaba. No creo que hayas jamás llegado a dimensionarlo.
Cómo detestaba cuando tenías éxito en acallarlo.
Y por eso... nunca tuvimos sentido. O tal vez lo tuvimos, pero no era algo bueno. No está bien amar el demonio de otros. No está bien.
Pero mentiría si dijera que no voy a extrañarle. A él más que a ti entera... ¿qué tan absurdo es eso?
¿Te duele si te lo confieso, a estas alturas? Te amé, y les amé a todos, al menos a los que me presentaste... pero la cadena de mi collar siempre fue sólo de él. Siempre fui más suya que tuya. De ti podía huir, pero de él...
Voy a extrañarte. A ti, no a él. A ti que fuiste mi amiga, que sabe hablar mi lenguaje secreto, que entenderá lo que dicen estas letras que a nadie más le harán mucho sentido.
Porque a veces sólo quiero decirle a alguien el caos que se me ha montado adentro, pero ¿quién lo va a entender jamás? Incluso si les explico, incluso si lo intento... es un lenguaje que sólo comprenden los que lo nacen hablando, supongo.
Y soy libre, pero mi lengua es extranjera. Y ya nadie volverá a entenderme jamás como lo hacías tú. Como lo hizo él antes que tú, mi otro él, mi carcelero perpetuo, aquel que nunca perderá su cadena porque se marchó lejos con la llave del candado.
Pero es mejor así. Aprenderé la lengua de los otros, de aquellos que me quieren, de aquellos para quienes no soy un peso, de aquellos que sabrán nombrar el daño que les hago.
Y será mejor para ti también, supongo.
Dile adiós a él de mi parte. Dile que lo amé con todo lo que era... la niña, la doncella, la madre, todas lo amaron. Todas soñamos alguna vez que acariciábamos su pelo oscuro y le cantábamos para calmar su tormenta.
Quién sabe si aún existe siquiera... mi niño de heridas y aullidos. Mi niño de hoja filosa y olor a leche salada.
Una parte de mí sabe que fue prudente huir antes de que un día fueses lo bastante fuerte para acallarlo del todo y ser feliz.
(Oh, cómo te hubiese odiado ese día...)
Pero hoy no te odio. Es sólo que tampoco te quiero. Extrañaré tu amistad, pero nada más. Al final eres sólo un manchón más en el blanco eterno en el que se deshace todo.