Los efectos del discurso sectario que enfrenta a suníes y chiítas se dejan sentir entonces en el terreno libanés. La tensión aumentó en el país con la detención en agosto de 2012, por los servicios de inteligencia de las Fuerzas de Seguridad Interna (FSI, cercanas a los suníes del 14 de marzo), del exministro de Información (y cliente de Siria) Michel Samaha, cuyo coche estaba lleno de explosivos y que era sospechoso de preparar atentados en el norte del país. El 14 de octubre de 2012, en pleno Beirut, el jefe de los servicios de inteligencia de las FSI (y antiguo jefe de seguridad de Rafic Hariri), el general Wissam al-Hassan, fue víctima de un atentado con coche bomba; hombres armados invadieron entonces las calles de Trípoli y diversas zonas de Akkar para pedir venganza. La retórica de los jeques salafistas se encendió contra Hezbolá, en torno al lema «los suburbios del norte (Trípoli) contra los suburbios del sur de Beirut (feudo de Hezbolá)». En el Líbano, el conflicto sirio exacerba los temores, incluso el odio entre comunidades. Y más aún a partir de septiembre-octubre de 2012, cuando el creciente número de funerales de «mártires» de Hezbolá muertos en circunstancias no precisadas indica claramente que el partido también está luchando en Siria.