Mi año cero
O cómo en 2025 aprendí a abandonar todo lo superfluo
He desempolvado las estilográficas. Y aunque el trazo aún se siente inseguro, conectar con una de mis “pequeñas extravagancias” adolescentes me ha hecho ser consciente de que llevaba años intentando encajar en un papel que nunca fue el mío.
Existen años puente, como momentos de transición entre los grande acontecimientos vitales; y otros sin embargo, que son periodos de reinicio absoluto. Representan un reseteo que no siempre parte de uno mismo. A mí, este año me ha roto por completo, he sentido la inseguridad de primera mano y el miedo aunque odiado al principio ha sido mi gran aliado, ya que me hizo ver. Observé cara a cara todo aquello que me estaba perdiendo por actuar desde un lugar que no me correspondía, atada a un entorno que me paralizaba por completo y en el que yo me esforzaba por ocultar todos esos rasgos que según dicen los que me conocen bien, conforman a la verdadera Andrea. Por vivir desde el miedo, comencé a desterrar todo lo que me era propio, y permíteme decirte, querida lectora, eso sí que da MIEDO (con mayúsculas).
2025 me ha arrebatado todas las caretas que llevaba acumulando en los últimos tiempos, y si algo agradezco a estos turbulentos tiempos es el gran aprendizaje que me han mostrado: si algo debemos tener claro en esta vida, es que solo hemos de ser fieles a nosotras mismas. Porque si nosotras transitamos por esta tierra desde la coherencia, todo lo que nos rodea, estará bien, los tiempos serán perfectos y todo el ciclo se armonizará con el movimiento cósmico.
Estos 365 días han sido clave para entender que renunciar a una misma nunca te va a llevar a alcanzar lo que tu alma realmente anhela. Que no debemos escondernos por miedo al rechazo o la burla. Que simplemente somos, y está bien. Que a veces la crítica dice más de su autor que de la víctima, y que solo cobran vida, aquellas cuestiones en las que ponemos el foco. ¿Por qué darle entonces tanta importancia a algo que realmente no va con nosotras? Ciertas afirmaciones o creencias de los demás no merecen nuestra escucha ni mucho menos un lugar en el pensamiento propio.
La ligereza por tanto, no se aprende, sino que se entrena, pero para ello antes debemos perdonarnos y valorar no todo aquello que de dice de nosotras, sino lo que verdaderamente somos. Quien quiera quedarse, lo hará, lo que nos esta destinado llegará, y lo que no… ni aunque pasen 100 años atravesará nuestro umbral.
Comienza 2026 y lo único que tengo que decirte es lo siguiente: no te quedes allá donde no puedas ser tú misma. No camines de puntillas. Lo que algunos te recriminan te hará increíblemente magnética para otros. Y lo más importante, solo te debes a ti misma, querida.
Te escribo al año que viene,
A.



