Enric
Me hice viral y descubrí algo terrible.
Hace unos días pasé por la extraña experiencia de “hacerme viral”. De repente, la publicación que había hecho en mi cuenta de Instagram sobre un artículo que había escrito para ElDiario.es comenzó a recibir “me gusta”, primero de decenas y luego de miles de personas.
Poco acostumbrado como estoy a estas cosas, lo primero que sentí fue una fascinación difícil de combatir al ver cómo más y más gente daba con mi texto, lo comentaba y decidía seguirme. Por un momento, fui totalmente consciente de la magnitud real de esas redes en las que a menudo parece que gritamos solos en mitad de la calle rogando un poco de atención.
Durante unos días, una parte minúscula de esa atención global se fijó en algo que yo había escrito. Lo que, confieso, imponía bastante respeto. Al mismo tiempo, la aplicación quedó prácticamente inutilizada para el uso que yo suelo darle: la avalancha de notificaciones hizo que dejaran de tener sentido.
No obstante, era casi imposible no mirar cada poco rato cómo iba evolucionando la situación, por lo que perdí mucho tiempo a consecuencia de todo esto. De vez en cuando también miraba el perfil de alguno de mis nuevos seguidores que, o por el nombre, o por su foto, o por ser conocido, me llamara la atención. Así hice, por ejemplo, con el de Antonio, que había sido periodista en un medio, pero ahora se dedicaba a la comunicación corporativa. Algo bastante común en el sector.
Antonio también era fotógrafo aficionado (aficionado quizá a la fuerza) y me entretuve unos segundos mirando algunas de las fotos que había colgado, casi todas del Delta del Ebro.
Pero entre las planicies húmedas y los flamencos rosas, me llamó la atención la imagen de alguien que conocía. Se trataba de Enric, un chico con el que yo había coincidido en un montón de ocasiones, sobre todo en eventos y conciertos. No puedo decir que fuera un amigo, pero sí alguien a quien siempre saludaba e intercambiaba con él algunas palabras cuando me lo encontraba.
Hacía años que no me cruzaba ya con Enric pero en una ciudad como Barcelona eso es algo bastante habitual: todo se mueve en círculos bastante cerrados, de manera que a veces da la impresión de que la población de la ciudad la forman 500 personas. Pero los círculos mutan, nacen y desaparecen cada muy poco tiempo y, de un día para otro, alguien con quien te veías todo el tiempo puede esfumarse sin dejar rastro.
Eso fue precisamente lo que pensé al ver a Enric pero ahora, aunque virtualmente, acababa de reencontrarme con él. Después leí el texto que acompañaba la imagen. Antonio había escrito que siempre echaría de menos a Enric. Sobre todo su simpatía, su energía, su apoyo leal como amigo y le deseaba que descansara en paz.
Enterarme de la muerte de Enric me dejó completamente congelado. Resultaba que la razón por la que había dejado de verlo era porque ya no estaba entre nosotros. Estaba muerto. El post era de hacía cuatro años.
Inmediatamente busqué su nombre en Google intentando, con pocas esperanzas, encontrar algo de información sobre su muerte. Resulta llamativo que la primera pregunta que surge cuando te enteras de la muerte repentina de alguien es: “¿de qué murió?” Tampoco en esto podemos resistirnos al chisme, pero diría que también tiene mucho que ver con que queremos confirmar que esa persona murió de algo que a nosotros nunca nos pasará o que, al menos, creemos que no nos ocurrirá.
Por sorpresa, Google sí que me dio más información. Enric había colaborado con diversos medios y empresas y conocía a mucha gente del sector de la comunicación. Eso, sumado a lo repentino de su muerte y a su juventud, había provocado que en una revista hubieran escrito un artículo dedicado a su memoria. En él descubrí que había muerto en un accidente de moto en el centro de Barcelona, que estaba casado y que habían trasladado su cuerpo a su ciudad de origen.
Nunca me acostumbraré a esa ausencia definitiva que produce la muerte, a tener la certeza de que nunca más volverás a ver a alguien, que ya no está, que se ha desvanecido, que todos sus recuerdos, sus sentimientos, se han ido con él. ¿Qué pensaría Enric de mí? ¿Qué pensaría de todo? ¿Cuál sería su primer recuerdo? ¿En qué iría pensando, mientras conducía su moto, un segundo antes de que todo terminara?


