El barro
Un cuento sobre cosas que se disuelven.
Llevaban un rato en la verbena y Laia comenzaba a notar cómo el cartón de su vaso cedía cada vez más fácilmente bajo la presión de sus dedos. Era como si el calor, la humedad y la fricción amenazaran con disolverlo. Sobre el escenario, la orquesta, en la que cada uno de sus miembros parecía sacado de una película diferente, empezó a tocar un éxito latino.
Un sudor ligero pero persistente le pegaba la camiseta a la piel. A su lado, Marc no parecía notar ni el calor ni la música, ni tampoco la camiseta o los empujones ocasionales que le daba la gente que circulaba a su lado sin un destino concreto. Laia lo miró y se dio cuenta de que ni siquiera estaba mirando a los músicos, sino que sus ojos andaban perdidos entre las personas que se apiñaban frente a la barra, situada a unos diez metros a su derecha.
Laia conocía bien casi todas las formas de mirar de Marc y aquellas que nunca había podido ver, las había imaginado mil veces. La que tenía ahora le había sorprendido. Era una mirada tan fija y directa, que parecía borrar todo lo que había alrededor, haciendo que la boca se le abriera un poco y dándole una expresión de idiota que, más que risa, a Laia le provocó un escalofrío.
Esa sensación, sin embargo, le nacía de un lugar poco habitual. La chica sintió el frío primero en su pie derecho y, al bajar la vista, se dio cuenta de que, en realidad, le estaba salpicando el agua de un surtidor cercano que unos críos acababan de reventar.
Uno de los técnicos bajó del escenario agitando los brazos y gritando, pero sus voces apenas se escucharon debido al volumen de la música. Los críos escaparon riendo y, tras una pequeña lucha, el hombre consiguió frenar en parte el estropicio aunque no pararlo del todo, ya que el agua continuó manando, solo que a un ritmo más lento.
—¡Qué calor! —gritó Laia acercándose al oído de Marc y poniéndole una mano en el brazo, que notó suave pero a la vez duro. Eso hizo salir de su estado al chico por un momento.
—Buf, ¡sí! —exclamó. Aunque era evidente que su atención estaba en otro lugar—. Oye, mmm… ¿Quieres otra? —dijo él, ya sin mirarla y como si le costara encontrar las palabras.
Como ella tardaba en contestar, Marc volvió a dirigirse a ella agitando su vaso vacío. Laia negó con la cabeza.
—No. Con esta ya me vale —contestó finalmente.
Él asintió, levantó el pulgar y a continuación se quedó inmóvil con la mirada clavada en la barra. Laia bebió un sorbo de su cerveza caliente, que sabía a metal oxidado con un toque de fruta muy madura. El agua comenzaba a acumularse alrededor de sus pies, formando un pequeño charco de barro.
La orquesta terminó su canción con un golpe de platillo que sonó a lata y en la breve pausa que siguió, antes de que el cantante anunciara la siguiente, Laia escuchó, elevándose de manera clarísima sobre el barullo, una risa.
Era como si aquel sonido estuviera modulado en una frecuencia diferente a la normal, lo que le hacía destacar sobre el resto. Era la risa de una chica de pelo corto que estaba en la zona hacia la que miraba Marc. Él también la había oído y automáticamente sonrió. Fue como si a través de aquella risa le hubieran transmitido una orden: se enderezó, machacó su vaso, ya vacío, y se volvió hacia Laia.
—Ahora vuelvo —dijo.
No añadió nada más. No dijo “voy a saludar” ni dio ninguna otra explicación. Se abrió paso entre un grupo de adolescentes que seguían bailando aunque la música había parado. Laia lo siguió con la mirada y lo vio inclinarse para decirle algo a la chica del pelo corto que sonrió de nuevo, esta vez para él.
Laia apuró lo que quedaba en su vaso. Y aunque tuvo ganas de tirarlo al suelo, de pisarlo y oírlo crujir, no lo hizo. Lo apretó con más fuerza, hasta que el cartón se deformó, flácido y membranoso, perdiendo su forma para siempre.
El barro se le había metido ya dentro de las sandalias, inundando el espacio entre sus dedos con una arena fina y húmeda, fría y viscosa. Sintió cómo fluía entre ellos mientras, sobre el escenario, el cantante gritó algo ininteligible por el micrófono y la orquesta arrancó con un pasodoble. El público se agitó y empezó a bailar ligeramente por detrás de la música. Laia se apartó un poco de la multitud, metiendo un poco más el pie en el charco y se quedó allí, quieta, con el vaso chafado en la mano.
Entonces Marc volvió con una cerveza nueva en la mano.
—Ei —le dijo, sonriendo como aún no había hecho en toda la noche—. Vamos a tomar la última a La Ideal, que allí se está más tranquilo.
Era evidente que aquella primera persona del plural incluía a más gente aparte de a ellos dos. De hecho, la chica del pelo corto esperaba a unos pocos metros de distancia, hablando con otra persona pero con el cuerpo medio girado hacia ellos. Le esperaba a él.
Laia levantó el vaso de cartón arrugado y se lo enseñó a Marc como si fuera una prueba de algo.
—No —dijo. Con una voz que hasta a ella le sonó extraña—. Creo que me voy a casa ya. Es tarde.
Marc puso cara de sorprendido demasiado exagerada. Obviamente esperaba esa respuesta.
—Ah. Bueno… Claro —titubeó—. Como veas. Pues... Hablamos mañana, ¿no?
—Sí. Mañana.
—Vale. Pues que vaya bien —Marc se inclinó, le dio dos besos al aire cercano a las mejillas de Laia y se dio la vuelta para reunirse de nuevo con la chica del pelo corto.
Laia se quedó sola. Esta vez de verdad. Sacó el pie del charco. La sandalia estaba completamente cubierta de barro. Salió como pudo de entre la gente y, en una papelera que rebosaba, dejó su vaso arrugado en equilibrio sobre cientos de vasos más.


