Fic: La ruta de las ferias del verano (4/?)

"Joder. Hostia. Jo—der"

"Sí" coincide el mago, deteniéndose al lado de Brian. Alza la cabeza hacia el cielo con una sonrisa "Hay que reconocer que es preciosa"

Serra, la ciudad en el aire. Brian había oído hablar de ella, e incluso visto algunas imágenes en los libros de historia de Hon. Pero nunca, jamás, habría imaginado que sería tan hermosa.

Las cinco moles de tierra se alzan estáticas en medio del cielo, dando la impresión de no pesar nada, de simplemente existir ahí, como si se mantuvieran en el aire por su propia naturaleza y no por el encantamiento que las eleva. Cuatro puentes blancos parten de la isla más grande, uniéndola a sus hermanas. Su estructura se antoja demasiado frágil, demasiado delicada desde la distancia, como si un golpe de aire inesperado pudiera hacer añicos el marfil pulido, reduciéndolo a un soplo de polvo de espejo. Serra, la ciudad más imponente del reino, llegada del mar durante el Éxodo, el corazón latiente de la magia Babilonia.

Brian respira hondo.

"¡Acérquense! ¡Acérquense! ¿No pensarán pasar de largo sin visitar nuestra ciudad? ¡Les prometo que si suben nunca más querrán volver abajo!"

La voz que les llama pertenece a un hombre bajito y redondo, de barba rizada que se curva sobre las comisuras, dando una vuelta perfecta y estudiada que le roza las mejillas cuando enseña los dientes en una sonrisa comercial. Les hace un gesto insistente con la mano, extendiéndola luego hacia lo alto, como si de un director de circo se tratara, presentando ante sus ojos una atracción sin igual.

Y lo es, eso Brian tiene que concedérselo.

El lago sobre el que se sitúa la metrópolis resplandece en cristal y madreperla. En su orilla, el bullicio de los viajeros se mezcla con los reclamos de los transportistas, que ofrecen sus servicios por módicos precios y la promesa de que "Mi Yinss es el mejor transporte del reino, señora ¡jamás ha probado nada igual! Y si no queda satisfecha, ¡le devolvemos el dinero!" y es que la única forma de acceder a Serra es utilizando las medusas voladoras.

Las hay de cien formas y colores, flotando tranquilas sobre sus cestas de transporte en el muelle o danzando en las aguas durante las paradas de descanso. Algunas se zambullen para refrescarse de las inclemencias del sol, el agua escurriéndose de sus pieles transparentes cuando salen a flote y la intrincada red de nervios interiores restallando bajo la luz en un entramado multicolor.

Justin se separa de su lado y se acerca a la cesta del hombre. Es similar a las que Brian ha visto en los globos aerostáticos que surcan a menudo los cielos del reino, confeccionada con madera y cáñamo flexible, solo que es una medusa y no un globo lo que ondea sobre ella sin sujeción aparente, hinchándose de vez en cuando con la brisa, como si fuera de aire y no de agua de lo que está hecha.

"¿Cuánto cuesta el viaje?" pregunta Justin al transportista mientras Brian observa el tranquilo vaivén de la medusa voladora con la boca abierta.

"Una moneda de plata por viajero, señor. Dos más por la carga" responde el hombre, que hace un gesto con la cabeza hacia Brian, la sonrisa perenne tirándole con cierta cualidad antinatural de las comisuras "A su amigo parece gustarle Lee Ann"

Justin suelta una risa, volviendo hasta dónde está Brian y dándole un par de palmaditas en el hombro.

"Es su primera vez fuera de casa" comenta, dirigiéndole una mirada divertida Brian, que está demasiado deslumbrado como para replicar.

"¡Perfecto!, ¡perfecto!" El transportista se pasa las manos por su traje amarillo chillón, repleto de botones que no parecen tener un objetivo concreto, alisando la tela que cubre la barriga en un movimiento nervioso "Lee Ann no les decepcionará. Es la voladora más estable del puerto. El viaje de ascenso es uno de los principales atractivos turísticos de Serra. ¿Qué me dicen? ¿Tendré el gusto de llevarles a bordo?"

La medusa se contrae y se dilata como en un escalofrío, diminutas partículas de plata encendiéndose como chispas en su interior. Brian ha visto pocas cosas tan maravillosas en su existencia entera.

"Vaya que sí" dice sacando su bolsa de monedas.

*

Desde lo alto, las formas de las medusas del muelle se desdibujan, salpicando las aguas como un entramado de estrellas diurnas. Brian no las pierde de vista durante todo el ascenso. No se había sentido tan bien desde que empezó este viaje, así que deja que las ráfagas de viento le revuelvan el pelo, sintiendo el frescor en la base de la nuca, olvidándose durante un rato de su corazón y del hechizo, haciendo a un lado la pregunta de si podrá o no volver a casa y hablarle a la reina de todas las maravillas que ha podido ver con sus propios ojos.

"Eh. Eh, ¡Brian! Si te sigues inclinando así te vas a caer por el borde"

Brian da un respingo. No se había dado cuanta del punto hasta el que se ha ido estirando sobre la cesta, el grueso trenzado de cáñamo apretado contra la mitad de la tripa. Se separa de la borda, buscando con las manos las correas de sujeción hasta que recuerda que no hay ninguna, el tiro y el trasporte conectados únicamente por efecto de la magia.

Justin está sentado sobre el equipaje, mirándole con una media sonrisa cargada de interés. Tiene el cuaderno posado sobre las rodillas y Brian se fija inevitablemente en los dibujos y curvatura de las letras, que se estiran hacia arriba y hacia abajo, chocando las unas con las otras en los renglones que se aprietan sobre el papel. Si el mago lo nota, no lo demuestra. Últimamente ya no se afana tanto en ocultarlo, puede que por mera resignación o porque al final se ha dado cuenta de que no importa lo mucho que Brian lo intente: sigue siendo incapaz de descifrar ni uno solo de sus garabatos, caóticos e incomprensibles para nadie que no sea él.

"Es solo que nunca había visto algo así" Dice mirando arriba, a las fibras de electricidad recorren el cuerpo de la medusa como corrientes vivas de arcoíris y que son la vida centelleante de la criatura. "¿A ti no te llama la atención?"

Justin baja la cabeza para hacer un par de anotaciones al margen, el filo de una d asentándose en el corazón achatado de una a, la tinta estirándose mínimamente en los contornos de un punto.

"Estoy acostumbrado. Yo me crié aquí"

"Ah… Vaya" murmura Brian, sorprendido. Lo cierto es que, en realidad, no es mucho lo que sabe del mago. Lee libros como si le fuese la vida en ello, frunce el ceño demasiado, es persistente como una mula, siempre discute para ganar, le cuesta reconocerlo cuando pierde, su madre le cortaba el pelo cuando era un crío, tiene esa libreta llena de garabatos que lleva a todas partes y Brian podría jurar que algunas noches ni siquiera duerme. Pero poco más. Las primeras semanas de su viaje Brian estaba demasiado enfadado para considerarle algo más que su carcelero y después, aunque las cosas entre ellos han mejorado considerablemente (ahora Brian sabe que detrás de esa actitud fría y calculada, se esconde a veces una sonrisa o una broma esperando el momento exacto para salir. Que salta si le picas lo suficiente y que puede ser divertido, hasta muy divertido, cuando se olvida de mantener la fachada), rara vez el mago deja entrever algún detalle propio, como ahora. Repentinamente, se le hace evidente que hay toda una historia bajo esa ropa demasiado grande y no puede contener curiosidad "¿Y cómo es que te fuiste?"

"¿Por qué te interesa?" pregunta el mago, retirando con los dedos un par de hebras rubias que vuelven a desordenarse casi de inmediato. La pregunta no es brusca, ni cortante, solo genuina sinceridad y Brian recuerda que hace tan solo unas semanas fue él mismo quien se cerró las puertas a esa posibilidad. Lo que pasa es que ahora…

"¿Tú ves que aquí haya algo mejor que hacer?" dice, encogiéndose de hombros con aire distraído, evitando mirarle directamente a los ojos.

Por un momento parece que no vaya a contestar, solo que entonces algo se hace más suave en sus rasgos, como si un recuerdo lejano hubiese regresado de repente, sorprendiéndole con la guardia baja.

"Serra es una ciudad antigua, de tradiciones antiguas. Aquí por lo general la magia se aprende y se ejerce de la misma forma en que lo lleva haciendo durante siglos y yo… bueno, yo quería buscar algo diferente" Dice, echando un vistazo al transportista, que dormita con un codo apoyado sobre la borda, una de las puntas de su bigote aplastada contra la palma de la mano.

"¿Qué puede haber diferente?" La pregunta no contiene ninguna intención que no sea la más absoluta curiosidad pero aun así nota que todo en el mago se tensa, a punto de ponerse a la defensiva. Le da la impresión de que le han preguntado lo mismo otras veces, seguramente de forma distinta. No es eso lo que Brian quería decir y no quiere que el mago piense que lo era "No es que no crea que pueda serlo" aclara extendiendo las palmas de las manos frente a sí "Es que no lo sé de verdad. La magia es algo útil, ¿no? La utilizamos para lo que la necesitamos y encontramos las palabras que sirven para hacer esto, o lo otro, que… conectan? la magia con lo que queremos crear y- o sea, es una mecánica, ¿no?"

El mago le escucha atento, como si de verdad estuviera esforzándose para entender lo que dice. La tensión se aligera un poco.

"Es eso, sí. Pero, mucho más también. Si tú quisieras crear, por ejemplo, un vaso de agua, utilizarías las palabras correctas para hacerlo. Piensa en ese vaso. Es distinto al que puedo imaginar yo. El color del agua, la forma del vidrio. Hay cientos de posibilidades pero no las necesitas, porque lo único que quieres es utilizar el vaso. Pero ahora imagina que quieres crear algo más, con sus sutilezas, lo que lo hace perfecto e imperfecto, distinto. Más—" el mago hace una pausa. Pasa una mano ausente por las letras, sin apenas mirarlas, como si no necesitara más que el tacto hundido de los trazos para saber lo que dicen. "—Más tuyo. Porque a través de esa figura quieres transmitir algo en concreto, destilar un sentimiento, una sensación. Evocarlos. Captar su esencia. Entonces cada palabra es importante, decisiva. No es algo mecánico, útil, es—"

El pecho del mago se encoge en un suspiro de impotencia, como el que trata de encontrar las palabras para expresar una idea huidiza y justo en el momento de rozarlas se le escaparan entre los dedos.

Hay algo ahí, la noción repentina de que, para el mago, eso de lo que habla es el centro de su propia existencia. Algo básico e inherente. Tan importante que cada una de sus partes, es parte del mago en sí mismo y a Brian le sobrecoge esa pasión, la fuerza abrasiva con que puede sentirla ahí. Y entonces, comprende cual es esa diferencia esquiva que se le escapaba en la playa. En algún momento, Justin ha pasado a ser menos el mago y más Justin y tiene la sensación de que tal vez, es posible, que Brian haya dejado de ser un príncipe quejica y consentido y puede, solo puede, que a los ojos del mago haya empezado a ser Brian. Y acaba de confiarle algo que es suyo, profunda, intrínseca y genuinamente suyo.

Y Brian nunca, jamás ha sentido algo parecido a eso que Justin acaba de mostrarle.

"Quieres que otros puedan ver la magia, como tú la ves dentro de ti" dice sin pensarlo.

El mago se queda muy quieto. Atento. Como si lo que Brian acaba de decir fuera la maravilla más grande, o la estupidez más enorme.

"Sí. Es… es exactamente eso, la verdad"

Su madre se lo ha dicho un montón de veces "Brian, hijo, no serías capaz de notar cuando un momento es importante ni aunque se apareciera por detrás para pegarte una patada en el culo" y los más seguro es que todas esas veces tuviera razón y Brian nunca haya sido capaz o no haya querido darse cuenta, que haya dejado pasar el momento. Pero ahora, viendo la forma en que los labios del mago se hunden un poco dónde los bordes se tocan, juraría que éste instante es uno de esos. Que ha tocado algo bueno sin querer y ha sabido no estropearlo.

Y lo cierto es que le gustaría alargarlo un poco más, dejar que la impresión se diluya lentamente en el cuerpo, saborearlo con cuidado por si la próxima vez mete la pata.

"¿Y cómo haces para-ah-ah-AH!"

Pero claro, no le sale bien.

"¿Quéquéqué?" Pregunta Justin apresurándose hacia él, llevando las manos a la parte de su espalda que Brian trata de alcanzar sin ningún éxito, con cara de no entender absolutamente nada.

"¡Me ha picado!"

El transportista despierta con un ronquido seco, parpadea rápidamente como intentando despejarse, alarmado ¿Señores? ¿Está todo bien? pregunta mirando alrededor, hasta que parece entender la situación y la extraña sonrisa vuelve a ocupar su lugar en sus labios.

"Oh, veo que a Lee Ann también le gusta usted, caballero. Es muy empática"

Brian alza la cabeza. Sobre él, la gigantesca medusa se agita con gracia, rápidas descargas de electricidad chispeando bajo su piel.

"¿Y así lo demuestra?"

Busca a Justin con la mirada tratando de encontrar apoyo, pero el mago suelta una carcajada.

"Mira el lado bueno. Hacía mucho tiempo que no le gustabas a nadie" se burla y Brian se queda un segundo como tonto.

Le gusta esa risa.

*

La plaza de la isla principal de Serra es uno de los lugares más curiosos en los que Brian ha estado en toda su vida. No es que –hay que reconocerlo- tuviese mucho mundo antes de iniciar esta locura de viaje, pero en las últimas semanas ha visto cosas extraordinarias, y aun así, la ciudad no deja de sorprenderle.

Hay magia por todas partes: animando los escaparates de las tiendas, avivando las fogatas prendidas a las fachadas de los edificios cuando se empieza a oscurecer la tarde, tiñendo el cabello y las ropas de sus habitantes en tonalidades imposibles y cercanas al límite de la imaginación.

Un hombre flaco y de ojos increíblemente redondos trata de venderle algo que parece comida pero que chisporrotea y se agita de forma tan antinatural que lo único que consigue es quitarle el hambre.

"¿Eso también era magia?"

"Brian, aquí todo es magia"

"Pues espero que en la posada nos sirvan algo más terrenal, porque yo no pienso comérmela"

Avanzan despacio entre la multitud, el carrito zarandeándose a su lado. En una fuente cercana, una enorme gaviota parda deja lo que sea que esté picoteando y le mira con atención y Brian está a punto de acercarse porque Ese bicho me suena de algo cuando la voz de Justin le hace volverse.

"¡Eh! Es aquí. El hechizo de Daphne" dice, asintiendo para sí, y Brian tiene la impresión de que es un atisbo de melancolía eso que acaba de ver desaparecer en sus ojos.

Antes de entrar en la posada, echa un último vistazo curioso a su espalda, pero no hay ni rastro de la gaviota.

La propietaria de la taberna es una cosita pequeña y llena de rizos oscuros que empieza a chillar inmediatamente en cuanto cruzan el umbral. Es uno de los ataques de felicidad más genuinos que Brian ha visto nunca. Si la alegría de una persona pudiera estallar hacia fuera y expandirse en todas direcciones como una supernova los astrónomos se verían obligaos a incluir a la muchacha en todos los mapas estelares.

"¡Justin! ¡Estás aquí! ¡Justin!" exclama prácticamente lanzándose a sus brazos, palpándole todo entero como para asegurarse de que es real "¡Pero cuánto tiempo! ¿Y cómo es que no has escrito? ¡Da igual! Tienes que contármelo todo. ¡Te he echado tanto de menos!" le aprieta tan fuerte que Brian se sentiría obligado a hacer algo para salvaguardar su integridad física si no fuera porque el mago le devuelve el abrazo con la misma fuerza, la sonrisa enorme y una expresión en sus rasgos cercana al alivio, como cuando aguantas el aire durante mucho tiempo y abres la boca para volver a respirar.

"Claro que te lo contaré todo. Yo también te he echado de menos, Daph." Justin se separa, dejando reposar la palma de su mano un instante sobre la mejilla de la muchacha. Es un gesto tan íntimo, tan cargado de familiaridad, que hace que Brian se sienta repentinamente como un intruso. Tose un par de veces para hacer patente su presencia.

La chica repara en él seguramente por primera vez desde que Justin cruzó la puerta.

"Y tu… eh. ¿Amigo?" pregunta posando en él una mirada concentrada, no como esas a las que Brian ya empieza a estar acostumbrado, como si la gente se sintiese obligada echarle un vistazo rápido, un registro rutinario, antes de poder permitirse pasar a otra cosa más agradable de ver.

"Este es Brian. Viajamos juntos. Ya te lo explicaré todo más tarde"

"Encantada" sonríe la chica, pillando a Brian tan de sorpresa que lo único que se le ocurre hacer es inclinar la cabeza levemente.

Les sigue al interior a cierta distancia, con la sensación de estar de puntillas al borde de un círculo que les engloba solo a ellos dos. Sin saber muy bien por qué, la idea hace que se le encoja un poco el estómago.

*

Esa noche sueña de nuevo.

Todo está oscuro, salvo por el rayo de luz que cae en línea recta desde el techo, atravesando el agujero de la cúpula desmoronada de la sala del trono. Es de una cualidad casi tangible, y parece como si alguien hubiese ralentizado la velocidad a la que viajan sus partículas y ahora se moviesen lentamente en cascada frente a sus ojos, blancas y brillantes, casi incendiarias. Trata de tocarlas pero se alejan esquivas, como el polvo agitado en las corrientes de viento y cuando Brian se acerca muy despacio, puede echar un vistazo en sus diminutas superficies de cristal, un reflejo que es él y no lo es, parte de él, una pieza, ahora otra. Intenta atraparlas de nuevo, coger un puñado. Trata de agarrar las partículas y devolverlas al todo pero se encabritan, giran, emprenden el vuelo, le huyen.

"Si lo haces así, no conseguirás atraparlas nunca" dice Justin tras él y Brian no necesita darse la vuelta para saber que está casi pegado a su espalda, aunque su voz resuene en la sala como si el sonido llegase de todas direcciones.

"¿Y que se supone que tengo que hacer?" Quiere sonar enfadado, pero solo consigue sonar desesperado. Sabe que Justin sonríe, paciente, como si supiera todas las cosas que Brian no.

"Espera" Su aliento le hace cosquillas en la nuca.

"No-"

"Shhh. Quédate muy quieto" El mago se acerca más, hasta que su pecho es una línea firme contra la espalda de Brian "Así. ¿Lo ves? Ya te están tocando. No te hace falta atraparlas si ya forman parte de ti. Estoy aquí. Yo te ayudo. Cierra los ojos"

El cristal le acaricia los labios, la piel de los párpados. Abre la boca y respira la luz como si bebiese agua. Siente como su cuerpo se inunda de plata, su corazón bombea la luz como corrientes de espejo.

"No se puede vivir sin corazón" dice entonces la reina y Brian abre los ojos de golpe. Le mira desde el alto trono de madreperla y su pelo rojo arde como las brasas. La luz sale de su interior a raudales. De repente, la sala se queda desierta y cuando su corazón late por última vez Brian grita hasta que se le secan los pulmones.

"Brian. ¡Brian! Despierta. Eh. Eh. Despierta. Vamos. Abre los ojos"

Brian lucha por seguir la voz que le llama a través de los sueños. La pesadilla le agarra de nuevo con manos invisibles, intentando tragárselo otra vez, pero la voz se lo impide Venga Brian. Eh. Escúchame. Ven conmigo. Eh. Eh y Brian se resiste, aprieta los dientes y se esfuerza por abrir los ojos. Siente la mano del mago posándose sobre sus párpados y lo siguiente es la claridad de una vela, no lo suficientemente nítida para apartar completamente las sombras, pero sólida y real. El mago agita la mano sobre la llama en un movimiento preciso, mecánico y la luz se ensancha hasta llegar a todos los rincones del cuarto. El cuerpo de Brian se destensa sobre la cama.

"¿Estás bien?" La frente de Justin se contrae de preocupación y Brian asiente un par de veces, todavía confuso, como si a su cuerpo le resultara difícil acostumbrarse al cambio, recordar cómo moverse a este lado de la realidad.

"Solo ha sido otra pesadilla. Ya estoy mejor" consigue decir, aunque no es completamente cierto. La sensación sigue ahí. La angustia, la impotencia. La impresión de haber estado a punto de recuperarlo todo para perderlo justo al instante siguiente.

Justin pasa una mano templada sobre su frente, apartándole el pelo húmedo de sudor. Busca la temperatura con la palma y de alguna forma el gesto le hace sentir débil, como si, a pesar de que no tener ya corazón, el resto de su cuerpo recordase como es perder toda la fuerza dentro del pecho. Siente que la determinación que le ha mantenido en pie hasta ahora se licua en el peso de sus huesos. Cuando intenta tragar saliva nota la garganta seca, y se pregunta si sus gritos no han ido más allá de la pesadilla.

"¿Con que soñabas?" Justin está sentado a su lado en la cama, el colchón hundiéndose mínimamente bajo su peso y una parte de Brian piensa que tal vez podría dormir si él se quedase a su lado, el cuerpo caliente junto al suyo, igual que en el sueño, susurrándole al oído las palabras adecuadas, guiándole de vuelta a la realidad.

"Estaban… ahí. Y entonces" la sensación regresa como una ráfaga de viento, la angustia de tener lo que ha perdido al alcance de la mano y ser incapaz de atraparlo, las palabras la reina como una sentencia irrevocable, como si en realidad Brian nunca hubiera tenido una oportunidad. Respira a bocanadas, el pecho subiendo y bajando, tratando de retener el oxígeno.

"Brian. Tranquilo. No pasa nada. Respira. No pasa nada" Los dedos de Justin son como un aleteo en su mejilla y Brian quiere acurrucarse en la tranquilidad de su tacto, el consuelo de esa voz que le calma entre susurros. "Es normal que tengas miedo"

"No sé si—" empieza a decir, pero las palabras queman en su garganta. Todo eso que es Brian Kinney se encabrita en su interior ¿Miedo? No es el miedo el que tiene poder. Eres tu quien se lo da. Y tú no tienes miedo. Aparta la mano de Justin y se levanta de la cama. El mago le mira, dividido entre el asombro y una compresión tan profunda, tan clara, que Brian tiene la impresión de que puede verlo todo ahí, igual que en el sueño, atisbando con su magia bajo la piel. Pero si es miedo lo que ve, está equivocado "Estaré abajo".

No da oportunidad al mago de decir nada más. Recoge su capa y cierra la puerta tras de sí.

*

No espera encontrar a Daphne despierta cuando desciende por la escalera hasta la taberna vacía. Debe ser bien entrada la madrugada, pero la muchacha canturrea alegremente para sí mientras examina el vidrio de un vaso con detenimiento, girándolo a contraluz en busca de restos de suciedad en su superficie.

Sonríe cuando le ve, pero casi inmediatamente ladea la cabeza y tras un rápido escrutinio rebusca entre las estanterías y le sirve una copa de lo que aparentemente es…

"Justo lo que necesitas. Créeme"

Brian está demasiado cansado para llevarle la contraria. Se sienta frete a ella en un taburete alto.

"¿No puedes utilizar la magia para hacer eso?" Pregunta por preguntar algo, cuando la muchacha regresa a su tarea de comprobar y abrillantar vasos.

"Oh. Sí" se encoge de hombros, murmurando algo por lo bajo y chascando los dedos de manera que el paño se alza en el aire y se afana por sí solo en la tarea con impecable meticulosidad. "Pero es bastante cansado, en realidad. Y después de un tiempo tenerlo todo tan fácil resulta aburrido"

"Uhm"

"Y de todas maneras no es como lo que puede hacer Justin" añade, recogiendo el vaso ya limpio para posarlo sobre la barra y se sirviéndose una generosa cantidad del mismo licor verde, que cambia de tonalidad cuando se agita. "¿Mala noche?"

"Extraño la cama" miente. Dando un sorbo al líquido dulzón, que se derrama hacia su estómago dejando una sensación fresca bajo la lengua. "¿Qué es lo que puede hacer Justin?"

Aunque ahora mismo no tiene demasiadas ganas de hablar del mago, no es capaz de resistirse. Intenta dejar caer la pregunta como si tal cosa, un poco para disimular la curiosidad acumulada, un poco para cambiar de tema, pero Daphne entrecierra los ojos en una sonrisa entendida y Brian duda haberla engañado en cualquiera de las dos cosas.

"No hay manera de que lo suelte, ¿eh?" apoya los codos en la madera y coge el vaso con las puntas de los dedos, haciéndolo girar de tal forma que el líquido se balancee, enroscándose sobre sí mismo como un pequeño tifón. "Siempre ha sido así, yo tardé años en conseguir que me lo enseñara. Es por su familia, ya sabes. Sérreos de pura cepa. Bastante cerraditos de mente. No estaba segura de que fuera a volver por aquí"

No es una pregunta pero ni falta que hace. Tú me sonsacas, yo te sonsaco es lo que Brian puede entrever en el tono de Daphne. Ha bajado con toda la intención de hacer a un lado su propia mierda durante el tiempo suficiente como para que le sea más fácil ignorarla, pero el licor o la chica deben contener algo que suelta la lengua, porque se encuentra contestando sin vacilar.

"Estamos aquí por mí. Tu amigo el hijo pródigo me ha lanzado un hechizo" endulza la última palabra con un trago profundo que vacía el vaso y que Daphne se apresura a sustituir con la diligencia de la costumbre. "¿Cerraditos de mente?"

"Utilitaristas profundos" ratifica la muchacha en un asentimiento largo que hace precipitarse los largos rizos oscuros hacia sus mejillas "Puritanos de la magia. Aburridos, para resumir. ¿Ves esto?" dice alargando la muñeca para mostrar a Brian el dibujo de la cara interna, dónde seis flores parten de un tallo amarillo, sus pétalos azules temblando ligeramente, como bajo el murmullo del sueño "Me lo hizo Justin poco antes de marcharse. Es lo que ellos llamarían magia desperdiciada. ¿Qué tipo de hechizo? ¿O es una metáfora?" añade con un guiño descarado.

Brian le dedica una sonrisa cínica.

"Más bien del tipo que te quita el corazón y te obliga a vender metafóricos corazones de caramelo para recuperarlo si no quieres hacer ¡plof! y desaparecer como si nunca hubieras existido"

La muchacha le mira con atención, escrutándole con sus ojos marrones y curiosos. Brian coge aire y le cuenta una versión resumida de la historia, obviando únicamente el hecho de que su madre es la Reina de toda Babilonia. Todavía no se ha deshecho completamente de la plasticidad febril de su sueño y del tacto cálido de los dedos de Justin, lento y deliberado, como si… como—.

"Vaya" Daphne separa los codos de la mesa, agitando la cabeza para retirar los rizos oscuros, que se entrelazan como serpientes sobre sus hombros cuando le da la espalda.

"Justin hizo eso, ¿eh?" suena extraño. No como una afirmación, sino con cierto tinte de algo que no es exactamente incredulidad y que Brian no puede calificar del todo. Piensa en que a estar alturas ya debe haber escuchado otra versión de la historia y que lo que está haciendo es simplemente curiosear al otro lado, quien sabe por qué.

Daphne abre una nueva botella, rellenando su vaso esta vez hasta el borde.

"Ya ves. Aparentemente yo ya era un hijo de puta sin corazón para empezar y esta es la forma que mi Señora madre ha elegido para enderezarme" dice, amargo. Alza el vaso en un brindis que no espera que Daphne corresponda y se lo lleva luego a los labios hasta que no queda nada. "Irónico, ¿verdad? Sobre todo teniendo en cuenta que, por lo que voy entendiendo, se fue de aquí porque a él tampoco le dejaban ser como quería"

No cree que a Daphne le guste el tono de resentimiento pero le da igual. El enfado se retuerce sobre sí mismo y da paso a algo más parecido a la rabia. Rabia contra Justin y contra sí mismo también, aunque eso le resulta más difícil reconocerlo. No puedes lanzar un encantamiento así sobre alguien y luego pretender que te importa. O lo que es peor, no puede parecer que de verdad te importa. Recuerda lo que dijo en la carretera de la costa y la conversación durante el vuelo, en lo fácil que le resultó en ese momento olvidar que el hombre que le ha hecho esto es el mismo que se mancha siempre los dedos de tinta y sonríe como si fuera algo que te ganas, un pequeño milagro que solo quieres que pase otra vez. Pero Justin y el mago no son dos cosas distintas. Será su poder el que le haga desaparecer, esfumarse como si no fuera nada si no lo consigue. Justin, que por lo visto ha pasado por lo mismo que Brian y aun así, no ha dudado en hacerle esto. Un mentiroso y un farsante, eso es lo que es.

"¿Y bien?"

"¿Y bien qué?"

"Si fue por eso" Brian se inclina sobre la barra, alargando la mano para arrebatarle la botella. El vidrio rasga contra el borde del vaso cuando le fallan las distancias, desparramando el líquido en pulsos cortos e irregulares. Daphne se acerca, las uñas tamborileando sobre la madera deslucida y las líneas de la boca tensas, como si estuviera considerando algo. Brian se impacienta, todo su enfado esperando la respuesta, confirmar eso de lo que ya está seguro.

"Pensaba que era mi turno para preguntar"

"Y lo es" la muchacha alarga la mano, arrebatándole el vaso lleno solo a medias. Su boca queda oculta tras el cristal cuando habla "Pero esa pregunta no me toca responderla a mi"

Es la forma de apartar la mirada sin apartarla, la ligera tensión en la voz. Daphne desvía la pregunta, pero Brian no necesita más.

Ya tiene su respuesta.

(Sigue aquí)