"I fucking love you,man. I fucking love you to bits"
Estaba el otro día tirada en la cama en plan “si me aburro lo suficiente seguro que me duermo” cuando de esa forma inexplicable en que empezamos a darles vueltas a las cosas empecé a darle vueltas al final de la G2 de Skins y a eso del ¿Y si? Porque si tengo que ser sincera la G2 tiene uno de los finales más horribles que he visto en mi vida y a la vez uno de los finales que más me han gustado jamás. No lo sé explicar. Igual es la novedad (bueno, para lo que yo suelo ver xD) de llevar algo tan al extremo. Igual es que me cuesta verle otra salida, por eso de que a base de hundirse tanto y tanto el camino de regreso queda ya tan lejano que tal vez sea más adecuado llamarlo imposible. Pero claro, una es lo que es y al final, no puede evitar comportarse en consecuencia (Errr, acabo de parafrasear a Dean, ¿verdad? es peor de lo que pensaba O_o) así que, como no me dormía, me puse a garabatear el “Como sería sí…” y, bueno, aquí están mis garabatos.
(Yo aviso de que la única forma de hacer esto más pasteloso en meterlo en un USB y ponerlo a caramelizar.)
Sería un final bastante sencillo y bastante bobo, la verdad.
Para empezar, Cook abrirá la ventana del sótano, o de la habitación de la planta baja, o de lo que sea eso. No verá nada y trastabillará hasta llegar al suelo, perdiendo el equilibrio. Se golpeará la cadera con algo, a saber qué, y conseguirá retener el grito -más de sorpresa que de verdadero dolor- justo a tiempo. “Ah” se quejará bajito y luego “mierda” en un susurro, solo que la palabra sonará extraña, como si el sonido se convase en el espacio y tardará el tiempo que dura un pestañeo en darse cuenta de que es otra voz, lo que se ha superpuesto a la suya, como un jadeo enterrado, los restos de una respiración.
No se dará la vuelta y se irá por la sensación.
Es la misma que le ha traído hasta aquí, siguiendo el sonido de los pasos de una sombra. No puede explicarla, ni se molestaría en hacerlo, si alguien le preguntara. Nunca ha sabido vivir si no es por instinto y ahora que grita en su piel, como alfileres clavados en los extremos de sus nervios, no podrá hacer otra cosa más que detenerse a escucharlo. Le dice “Aquí” le dice “Escucha” y será eso lo que le mantenga con los pies clavados al suelo, atento a la oscuridad.
Y entonces unos pasos, el gemido de una puerta al abrirse.
Cuando le ve, los acontecimientos se registran en su mente en orden inverso, como si el tiempo hubiese decidido cambiar de dirección y avanzar hacia atrás durante un instante. Reacción-acción, con esa cualidad antinatural de las imágenes en rebobinado.
Primero la imagen (Freddie, atado a esa silla, el ángulo imposible, amorfo, de su brazo. La sangre que se reseca en la sien. La cabeza ladeada, inclinada hacia el regazo. Y la ausencia en los ojos cerrados, en los hombros caídos, en la espalda curvada. La ausencia de Fred).
Después, la luz.
Por último, el hombre.
No será nada especial y, en cierta medida, esa será una de las cosas que más le cabree cuando se acerque a él, la sombra del bate alargándose sobre la pared hasta quebrarse en ángulo y extenderse sobre el techo como una mancha de tinta. Dirá “Sé quién eres. No eres nada” desde ojos azules que parecen casi transparentes, vacíos tras las órbitas de bordes hundidos “Tú no mereces a esa chica. Yo sí”. Y no será por Cook. No lo hará por eso. (Cook lo sabe. Lo ha sabido desde siempre y no tiene ningún reparo en admitirlo. Que no es nada. Que no vale nada. Espacio desperdiciado. Falta de sentido. Un crío estúpido. Un criminal. Nada que merezca la pena. Solo que—) Será por Fred “Pero ese” dirá, alzando la mano para señalarlo, los ojos fijos en los del hombre “Es mi amigo Fred” una mueca afilada en sus labios, la hoja de una navaja “Y yo. Y soy Cook”
(Si esto fuera ese otro final, no veríamos nada, no escucharíamos nada. El forcejeo. El sonido de los cristales rotos. El impacto de un cuerpo contra el suelo. El quejido del cristal que, anclado a la carne, chirria al arrastrarse sobre el suelo de losa, como el sonido enfermizo de las uñas al arañar la piedra. No sabríamos nada de ese segundo de revelación, la realización en los ojos del hombre, justo antes de que su mirada se llene de sangre y carne machacada. Nada de la sonrisa de depredador de Cook “Psicópata —hijo de puta. No esperabas esto, ¿verdad?”, murmurando sin parar palabras inconexas, hundiendo los puños en la piel blanda de su cara. Uno. Ahora el otro. En perfecta sucesión, el esqueleto de una melodía macabra e interminable.
Nosotros no veríamos nada pero Freddie sí, aunque más tarde, al tratar de recordarlo, no será capaz de determinar el tiempo que tardó en rescatar las palabras, atrincheradas como estaban en el hueco entre sus costillas, hipnotizado por el movimiento, algo como esa sensación, como quedar atrapado, justo en instante de despertar, en el mecanismo de un sueño.
“Cook. Cook. Para… para. Está bien”)
El resto, no serán más que imágenes fragmentadas en su memoria y lo que veríamos sería esa sucesión quebrada de los recuerdos, como entre luces de discoteca, envueltos en esa alternancia de claros y oscuros que congelan los momentos a toda velocidad, imprimiéndolos como fogonazos en las paredes de la retina: La respiración de Cook, larga y profunda, como quien trata de succionar el oxígeno en el aire helado. La mano manchada de sangre que aparta el flequillo de su frente. El movimiento frenético de las manos al palpar sus bolsillos “No. —ni puta idea de donde estoy. Mier—Foster. Es un jodido psiquiatra. —prisa joder” la voz que se entrecorta en su conciencia “Eh. Eh. Fred. Vamos. Eh” las manos que le sostienen la cara, la suavidad templada de los pulgares al trazar espirales sin rumbo en el pulso de sus sienes “Shhh. Un poco más Freddie. Solo un poco más” Notará el dolor, cuando toda esa gente llegue y le rodee, le mueva como a un muñeco vacío. Pero será como el dolor de otro, como el repiqueteo apenas perceptible de la electricidad en la yema de los dedos.
“¡Estese quieto! Le he dicho que—”
“¡Déjame en paz!” agresivo, y luego “Freds. Abre los ojos. Venga. Abre los ojos” luz blanca, el sonido distante de una sirena, y el azul de los ojos de Cook cercado tras pupilas dilatadas, el ceño fruncido, rojo salpicando su mejilla.
Y lo verá. Lo verá con tanta claridad que asusta.
Joder, Cook.
Se notará a si mismo sonreír. A medias maravillado. A medias sobrecogido.
“Vas a decirme otra vez que me quieres, ¿Verdad?” y lo dirá en tono de broma porque lleva toda la vida buscando la verdad de Cook a través de las grietas de sus fachadas, algo más de lo estaba dispuesto a mostrarle, pero verle así de golpe, desesperado y muerto de miedo, los sentimientos aflorando a la superficie como las venas bajo las capas transparentes de la piel, es demasiado, y necesita, necesita—
Una pequeña sombra de vacilación y entonces.
“Cállate, idiota”
Así está mejor.)
Habrá otras escenas, después de eso, como por ejemplo esa en la que seríamos testigos de la ansiedad maníaca con la que Cook da vueltas sin rumbo fijo, enjaulado en el espacio comprendido entre las 48 baldosas que componen la estructura rectangular de la sala de espera. Las palmas de las manos abiertas a ambos lados de la cabeza, los dedos entrelazados en la parte posterior del cráneo, el movimiento nervioso que se empeña en apoderarse de sus piernas. De la forma en que su cuerpo pareció apagarse cuando apareció Naomi, como si hubiese esperando a alguien que pudiese darle el relevo en eso de mantenerse de pie. De la presencia sólida de su cuerpo al abrazarle (tardó casi una hora en comprender que debía hacer algo, llamar a alguien y cuando por fin supo a quien parecía casi loco, negando con la cabeza al pitido intermitente del móvil Joder Freds. Esto es tu puta culpa. Siempre te llamo a ti. Siempre estás tú. Joder. Joder. Joder).
Estaría esa en la que la policía pregunta y Cook responde con voz ausente, esforzándose por recomponer un tiempo y un espacio que en su mente dan vueltas y vueltas sobre sí mismos, un centrifugado de imágenes que le deja mareado, como ser vomitado desde el ojo del huracán.
A pesar de eso cuando el oficial de policía se lo preguntase (¿Cómo pasó, James?) tendría claro exactamente por dónde empezar.
“Dijo que Fred no era nada, y yo…”
Y también estará esa en la que Karen le mira a través de la habitación y no hacen falta palabras porque los dos han estado a punto de perder exactamente lo mismo. Han recuperado exactamente lo mismo. Y Cook tiene la sensación de que puede verse reflejado en sus ojos.
“…solo le dije que era lo único que teníamos, Kar, y que no iba a dejar que nadie nos lo quitase”
Quedan muchas cosas más por detallar: La recuperación de Freddie. Las horas que JJ pasa a su lado en el hospital (enseñar magia a alguien con tres costillas rotas y un brazo envuelto en yeso casi completamente –y que no tiene el más mínimo interés en aprender magia, la verdad sea dicha- no es fácil, pero JJ siempre se las apaña para encontrar la manera y ésta no es una excepción). Las horas que Effy pasa consigo misma y con sus fantasmas, tratando de aprender su propio truco de magia (mantener el miedo a raya, ser más fuerte que él, aprender a vivir con él).
De hecho, Cook no esperará que vaya.
(pero)
Cuando la ve a través del cristal redondeado de la habitación de hospital (la curva de la espalda alejada del ángulo recto del respaldo de la silla, los rizos desordenados enredándose entre sí, la mirada fija, la ropa holgada prendiéndose y desprendiéndose de los ángulos marcados de su cuerpo) piensa que está mejor, clara, distinta, como cuando una rendija de luz rompe el vacío en las habitaciones oscuras. Piensa Eso es, Effy. Los dos van a tener que aprender a iluminar el vacío.
No puede escuchar lo que dicen. Solo la respuesta de Freddie a una pregunta desconocida le alcanza cuando tuerce la esquina, siguiendo el sentido inverso de sus pasos.
El motivo por el que Cook persiguió una sombra aquella noche.
“Nunca te habría abandonado”
Estaba seguro de que no.
Y como sería un final estúpido y construido para idiotas sensibleros que no son capaces de soportar los finales infelices, pues sería bastante insustancial, para que lo vamos a negar:
Habrá pasado más de un mes.
“No. En serio. Tío. Estoy cansado de ti ¿No me vas a dejarme en paz ni cinco minutos?”
Freddie deja escapar el humo del cigarrillo en una columna transparente de gris que pierde velocidad en los últimos centímetros de su trayectoria ascendente, hasta quedar flotando a escasos centímetros del techo de la caseta, como una nube en miniatura que, habiéndose desviado de su camino, se limitase ahora a esperar paciente, asentada sobre sus cabezas, una nueva peregrinación junto a la que retomar su marcha.
Cook deja de tararear (“uh, baby, baby, i’ts a wild world”) pero no responde. En vez de eso mira la nubecilla con aspecto crítico durante un instante, se llena las mejillas de aire y sopla con toda su fuerza, dejando escapar una risa satisfecha cuando los contornos nebulosos se arremolinan como huyendo en estampida, desintegrándose hasta desaparecer.
“Cooook”
“¿Hmm?”
“Te estoy hablando, tío”
Cook se deja caer un poco, repantigándose en el sofá, hasta que la base de su cráneo descansa sobre la curva blanda del respaldo.
“Ya, pero no hablas en serio” contesta “Si hablaras en serio, ya me habrías echado. Y no me echas” añade, ladeando la cabeza para mirarle y dedicarle una sonrisa que, por la expresión de Fred, tiene tal vez un poco más de autosatisfacción de la que está dispuesto a tolerarle. Pero Cook le gusta ese lugar que está un poco más allá del límite, no es como si estuviese en su mano evitarlo.
Freddie resopla, se le escapa un poco la curva de la sonrisa (sí, sí que es un buen lugar). Y es que Cook sabe no habla en serio, claro. A pesar de que lleve casi un mes pegado a su culo de una forma rayana a la paranoia. (Le mira un poco raro a veces, pero nada más. Y si viésemos todo esto desde la perspectiva de Freddie entenderíamos que es porque para él, Cook siempre ha sido una especie de perro callejero, de esos que van y vienen, que se dejan acariciar pero a los que siempre acaricias con cierta desconfianza, un poco temeroso al no saber por dónde te van a salir. Que le extraña que lleve semanas sin aparecer con una sola herida. Que toda esta docilidad le tiene un poco a la defensiva, acostumbrado como está a que no sea más que la calma que precede a la tormenta) Pero es que Cook tenía que asegurarse de que todo estaba bien. Solo que ahora, poco a poco y cada vez más, empieza a permitirse a sí mismo bajar un poco la guardia.
Tal vez un poco demasiado, y esa sería una posible explicación para lo que dice a continuación, que es ñoño, ñoño de cojones. Pero James Cook, a pesar de las apariencias, siempre ha sabido reconocer las cosas que merecen la pena. Y en el mundo de antes esa verdad habría salido de su boca invertida sobre sí misma, como la piel vuelta al ser arrancada de una serpiente, igual de envenenada, pero en el mundo de ahora sale tal cual es, sin rabia, sin miedo, sin necesidad de atacar para no tener que defenderse.
“Además, es el único sitio donde quiero estar”
En el ambiente sosegado de la caseta, los restos anaranjados de la tarde parecen fundirse, centímetro a centímetro, sobre la superficie de papel pintado de la pared del fondo. Fred le mira. Ojos castaños llenos de luz, pupilas imposiblemente pequeñas. Lo hace como tantas otras veces. Es esa cosa suya, de alargar los segundos, quedársele mirando como si no entendiese nada, como si lo entendiese todo. Y tal vez la diferencia siempre ha estado ahí, pensará Cook, en que Fred tiene todos los segundos que le faltan. A Cook, que nunca se detiene ante nada, que no duda, no cuestiona, que avanza suicida en trayectoria lineal, como los cuerpos a la deriva que atraviesan el espacio.
Tal vez por eso siempre le ha necesitado tanto.
Cuando la puerta se abre, el sonido de su aliento de Freddie queda atrapado en las paredes de su garganta junto con las palabras que no llega a decir. Cook ve la expresión de sorpresa cuando levanta la vista, cuando les ve a todos, abarrotando la caseta en tropel, llenándolo todo de color y de música y de voces y de vida. Cundo vuelve la vista de nuevo hacia él, los ojos abiertos de par en par, la pregunta asomando en la curva de su boca, Cook deja escapar una carcajada y dice, frunciendo el ceño y fingiendo sorpresa de la forma más falsa posible.
“¿No lo sabías, tío?” Hoy es tu cumpleaños”
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EN RESUMEN, que me vuelvo a llorar a mi esquina, que nada en el mundo puede reparar el trauma con el que me ha dejado esta serie DEL DEMONIO. Que no se qué hago yo revisionando si ya sé que no puedo revisionar. Que por culpa de ese final maldito no estoy haciendo lo que tendría que hacer, esto es, escribirle a samej fic guarro hasta que se nos saliese por las orejas para que ella me escribiese a mi más fic como ESTEcristo y entonces nos viésemos obligadas a co-escribir fic célibe para no perder la cabeza, ¿y eso por qué es? Pues porque muero de dolor. ¡Muero! *se muere ilustrativamente*