Caperucita ha salido de su casa. Lleva colgada del brazo una gran cesta. Aparto una rama para verla mejor. Su madre se asoma a la ventana. Ve por el camino, no cruces por el bosque. Sí, mamá. Y no te entretengas, no se te vaya a hacer de noche. Sí mamá. Y dale un beso a la abuela. que sí mamá. Llega al borde del camino. Corro hasta el gran sauce. Giro al norte y salto el arrollo. Con la lengua fuera llego al puentecillo. Me escondo detrás de un matorral. Caperucita pronto doblará la curva con su cesta colgada del brazo.
Pero Caperucita no tenía ningúna intención de obedecer a su madre. Si iba por el camino pasaría frente a la casa de Pedrín y no tenía ganas de verlo, a ese idiota. Además, por el atajo llegaré antes. No me dan miedo los lobos. Cuando su madre la perdió de vista, se metió entre los árboles y buscó el sendero.
Miro al cielo. Se está cubriendo de nuves. Miro el camino. Nadie. El estómago me ruge, qué hambre.
Caperucita no ha venido por el camino. Esa maldita niña, con el hambre que tengo. Echo a correr, aún puedo alcanzar la casa de su abuela antes que ella. Deprisa, deprisa. Me flaquean las patas, menos mal que ya estoy llegando. Ahí está, detrás de esos arbustos. Husmeo alrededor buscando dónde esconderme. Ya casi es de noche. Me ocultaré aquí, junto a este montón de leña.
Caperucita no tardará en aparecer por el sendero con su cesta llena de manjares. Se me está haciendo la boca agua.
¡Qué susto! La anciana salió de la casa y se encaminó al patio trasero. Se inclinó para coger un tronco del montón de leña. He oído unos pasos. Me he dado la vuelta y allí estaba la vieja a punto de descargarme un hachazo. Se me han erizado todos los pelos del cuerpo. Le he enseñado los dientes y de pronto se ha desplomado. Está ahí, tendida en el suelo. ¿Y ahora qué hago? Aún estoy temblando. La puerta se ha quedado abierta. Dentro debe haber algo de comer. Qué cansado estoy.
¿Yaya? Caperucita abandonó el sendero y dió un pequeño rodeo para regresar al camino. No quería que su abuela la viera llegar por el bosque y luego se lo contase a su madre, que la castigaría por haberla desobedecido. La oigo entrar por la puerta principal. Tengo que esconderme. Mi corazón no aguantará más sobresaltos. Corro por el pasillo y entro en un dormitorio. La cama está deshecha. Me escondo entre las sábanas. Caperucita entra en la habitación y se acerca a la cama. ¿Estás ahí? Asomo un poco el hocico. Qué nariz más grande tienes, abuelita, oigo que dice. Y que orejas más peludas… ¡Socorro! ¡Socorro! La abuela ha despertado y no deja de gritar. No aguanto más. Salto de la cama y me lanzo por la ventana.
Pedrín, que andaba por allí cazando pajarillos ha oído los gritos de la anciana y se ha acercado a la casa a tiempo de ver como un gran lobo negro atravesaba una ventana y ahora corre en dirección al bosque. Sin dudarlo, apunta con su escopeta y aprieta el gatillo. Una lluvia de perdigones salpica el trasero del lobo que se pierde entre los matojos.
El lobezno bosteza con los ojos cerrados. Su padre lo arropa y le da un lametón en la nariz. Buenas noches, pequeñín, susurra mientras deja el libro de cuentos sobre la mesita y sale de la habitación, apagando la luz mientras se rasca el trasero.

