Un comienzo
La vida, la muerte y algunas cositas
Me dijeron que escriba. Que me iba a hacer bien. Yo -que sólo pensaba que quería dormir hasta morirme-, pensé: “¿escribir qué?” Pero como ese consejo me quedó dando vueltas en la cabeza, acá estoy, escribiendo. No sé bien sobre qué, pero lo importante es que lo estoy haciendo.
La idea de morir me ronda en la cabeza desde la adolescencia. Lo sentía como un escape al dolor. Pero la pulsión por vivir siempre le ganó a la ideación de desaparecer para siempre. Nadie que no haya pasado por esa situación puede entender el infierno que es pensar en suicidarse. Es como un estado de egoísmo absoluto, de muchísima oscuridad: como estar en una cueva. Y es tanto, tanto sufrimiento que llega a ser intolerable.
Los que nunca tuvieron esa fantasía, no comprenden nada. Te dicen cosas como “tenés a tus hijos, tu trabajo…” O peor: “valorá lo que tenés”. En ese momento tu mente piensa: “no tenés nada”. ¿Qué puede hacer alguien que quiere ayudar? Simplemente estar, abrazar, contener. Y pedir consejo profesional (claramente llamar a un psiquiatra). Lo peor es enojarse, gritar, irse. Que me dejaran sola fue como si me clavaran un cuchillo y después lo zarandearan para que duela. Tuve que tener mucha fuerza de voluntad para salir, para querer vivir de nuevo.
En el proceso me ayudó mi mamá. Lo sentí con salir nuevamente de su útero y así fue como me levanté. Ella nunca fue muy cariñosa pero siempre estuvo y sentir su respaldo me contuvo muchísimo. Mis hijos me conmovieron porque, a pesar de no saber bien qué hacer, me dieron la dosis de amor que necesitaba para terminar de creer que tenía que seguir viviendo. Y mi amiga Sylvia, a quien llamé, saltó de la cama y vino corriendo.
Que me dejaran sola fue como si me clavaran un cuchillo y después lo zarandearan para que duela.
No fue de un día para otro como logré estar mejor. Tampoco fue un camino ascendente y recto. Lo comparo con esta canción infantil: “María la Paz, la Paz, la Paz: un paso adelante, dos pasos pá trás”. Así es le ruta de la recuperación. Es tan lenta que hay que tener mucha paciencia. A mí, que soy ansiosa, me costó el triple. Pero me empeciné en salir y comencé a encontrar actividades que me sacaran de la cama. Pasé días y días ahí tirada hasta las cinco de la tarde, cuando tenía que bañarme para ir a trabajar. Eso también colaboró para querer estar bien. Hacer lo que me gusta era la mejor parte del día. Como trabajo en televisión, de golpe pasaba de Cenicienta a princesa, maquillada y vestida como para ir a una fiesta.
Tuve varias recaídas, todas con mucho consumo de psicofármacos. Y en todas la sensación fue: “De ésta no salgo más”. Por suerte siempre alguien me rescató. Soy muy afortunada. Hasta mi ex marido -la separación fue uno de los desencadenantes de mi depresión- vino a socorrerme. Nunca me quedó claro si lo hizo por culpa o sinceramente: lo hizo. Y punto. Y a mí me sirvió sentirme acompañada por él. Es totalmente incoherente, pero fue así. En momentos de desesperación, mandaba mensajes de whatsapp en los que ponía “AYUDA”, así con mayúscula. Y lo único que quería era que viniera él. Muchas vino, otras no. La que siempre estuvo, como dije, fue mi mamá. En la peor época, mi mejor amiga, Carolina, estaba de vacaciones en Europa y la extrañé muchísimo.
Tuve varias recaídas y en todas la sensación fue: “De ésta no salgo más”. Por suerte siempre alguien me rescató.
Un día vino al programa Ana Paula Dutil. Vino a contar sobre su propia depresión y su intento de suicidio. Ella ya estaba recuperada y habló con tanta paz que me emocionó y me largué a llorar. Al final, cuando se apagaron las cámaras, me dio un abrazo tan lindo que me hizo sentir que todo esto iba a pasar pronto. Los días siguientes la llamé varias veces y ella estuvo ahí, firme, porque sabía perfectamente por lo que yo estaba pasando. Me dijo varias veces: “Llámame cuando quieras, a cualquier hora”. Y yo lo hice. La llamé y siempre me calmó.
En esa época, consulté a otra psiquiatra que me recomendó lo peor: internarme. Yo, sin ser profesional, sabía que eso no me iba a ayudar para nada y me resistí con toda la fuerza del mundo. Una vez, otro psiquiatra me había dicho que eso lo hacen los médicos para cubrirse, “por si pasa algo”, entonces como sabía que no me podían internar sin mi consentimiento, me negué. Con mi mamá encontramos una forma de solucionar el problema de la ingesta exagerada de pastillas. Ahora ella viene a mi casa cada día y me trae lo que necesito para esa jornada. Yo ya no tengo la medicación en mi casa. Eso me hizo muy bien.
En esa época, consulté a otra psiquiatra que me recomendó lo peor: internarme.
Organizar salidas, ver a mis amigas, tener alguna que otra cita… Esas fueron actividades que cooperaron para salvarme. Y también que un fin de semana de bajón, mi jefe -Angel- me dijera “tomate los días que necesites”. Yo soy de la vieja guardia: no me gusta faltar. Pero esa vez le hice caso y no fui durante tres días. Fue genial poder tomarme esa licencia porque era lo que necesitaba para despejarme y bajar cincuenta mil cambios. Entendí que primero está la salud mental y después todo lo otro. Que no sirve seguir la vida como si nada si no te ocupas de sanar tu mente. Estar en paz con uno mismo es la prioridad absoluta. Antes que todo, todo, todo.
No puedo asegurar que hoy esté ciento por ciento curada. Pero sí puedo decir con certeza que me cuido muchísimo. ¿De qué? De la gente negativa, la que me critica, la que no me llama, la que desaparece o la que me dice algo que no me gusta. Es un filtro impresionante y van quedando pocos. Pero van quedando. He llegado a decir: “Perdón, pero no puedo tener relación con alguien que me responde un mensaje a los quince días”. Así de exigente me puse. . Cuando algo me gusta, no lo disimulo y soy una nena disfrutando: salto, canto, bailo. Porque sé lo que es lo otro: la oscuridad, el llanto, la tristeza. Por eso cuando toco el cielo con las manos, agradezco, me río fuerte y no me importa nada porque yo sé. Sé lo que es el infierno. Y no me gusta.
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nunca bajes los brazos fer siempre para adelante
Hermosas palabras. A mi hace un par de meses la psicóloga me preguntó si quería yo internarme. Porque había tomado un poco más de pastillas. Estaba triste y solo quería dormir. Cuando ella me preguntó lo de la internacion, yo le dije que no. Xq me daba miedo. Aunque creía que eso era bueno. Pero no me anime. Yo no se xq dice que es una trampa mortal. Sinceramente no lo entiendo. Espero no llegar a esa situación..