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Un misterio cuyo mayor misterio sea su claridad. Un misterio que consista en mostrarse. Un misterio que desnude la palabra del hombre hasta volverla un perfil de roca en el silencio. Un misterio al que haya que acostumbrarse como un ojo a una nueva forma de la luz. Y entonces, plantar allí los últimos jirones, los jirones que engendran su propio viento para poder flamear donde todo termina, donde sólo es posible la suprema claridad del misterio.
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El poema de ayer, “La noche que en el Sur lo velaron”, es de Jorge Luis Borges (Buenos Aires, 1899), publicado en Cuaderno San Martín, de 1929, uno de esos libros tempranos que Borges se encargó de corregir toda su vida. Fue una recomendación de Constanza Casagrande, la borgeana que vive conmigo, a raíz de que se leyó en un seminario de doctorado de Lucas Adur que está cursando los sábados. Por una casualidad del destino, Lucas ya tenía preparado leer y comentar este poema en su clase del sábado, que terminó siendo, literalmente, la noche que en el sur lo velaron. Creo que ni a Borges ni al Indio les agradaría que matáramos a la metáfora de forma tan alevosa. Espero no se enteren.

