Fit
Una brisa refresca la noche veraniega y transporta por todo el jardín el aroma del césped recién regado
Una brisa refresca la noche veraniega y transporta por todo el jardín el aroma del césped recién regado. La gente está charlando en grupos alrededor de la piscina. En una esquina del patio, un DJ pincha música chillout.
Manu va vestido completamente de blanco, como todo el mundo. Lleva una camisa de lino ajustada, con los puños enrollados y dos botones sueltos que dejan entrever sus pectorales. Los pantalones son de cáñamo, tan finos que transparentan sus bóxers cuando la luz incide en cierto ángulo.
Dentro de su círculo, Manu parece uno más. Está rodeado de sus compañeros del box de crossfit y no desentona en absoluto entre tanto musculito. Su espalda es tan ancha y sus hombros tan redondos que, junto a su trapecio, generan la ilusión óptica de que su cabeza es diminuta.
Hoy Manu ha decidido no ponerse las gafas. Esas gafas de cristal grueso que vienen a paliar su miopía (miopía que, está convencido, se provocó a sí mismo de tanto leer cómics de Spiderman a los nueve años). Al ser gafas de pasta negra, no combinaban con el outfit ibicenco. Esto se ha dicho a sí mismo, al menos, por no reconocer su auténtica motivación: no quiere parecer un friki. No ahora que ha conseguido encajar. Atrás quedan los años de instituto, de ser el cuatro ojos, el pinfloi. De no comerse una rosca.
Tomás, el más basto del grupo, le dice:
—Oye, te has puesto tocho con la tontería, ¿eh? Fijo que te estás hinchando a follar.
Manu se ríe y pone los ojos en blanco. Luego pega un trago a su copa.
—Na, este qué va a follar —dice Álvaro intentando picarle.
Manu entra al trapo inmediatamente.
—Pues, de hecho, el finde estuve con dos de clase: la Vanesa y la Carla.
—¿Carla… Carla? —dice Tomás haciendo con las manos el gesto de unas tetas enormes.
—¡¿Con dos?! —dice Álvaro.
Manu sonríe y se encoge de hombros, como si aquello hubiera sucedido espontáneamente, de forma ajena a su voluntad.
—Joder, el tío. Las mata callando —dice Álvaro.
—Sí, bueno. Me tengo que calmar un poco —dice Manu.
—¿Ein? —dice Tomás—. ¿Calmarte de qué?
—Que no es mi estilo. Yo no soy un fuckboy —dice Manu.
—Este lo que pasa es que está pillado de la vecinita —dice Álvaro al resto.
—¿Qué dices? —dice Manu.
—Tío, que todos hemos visto cómo te mira en clase —dice Álvaro.
Manu niega con la cabeza y suspira. Dice:
—¿Estrella? No creo. Le molan delgaduchos, como su ex.
—Tío, yo creo que deberías entrarle —dice Álvaro.
—Esa es una guarra —dice Tomás—. ¿La Estrella con este pardillo? Ni de puta coña.
Manu traga saliva.
—Pues creo que venía a la fiesta —dice Álvaro—. Yo no digo nada.
Un camarero se aproxima al grupo con una mano a la espalda y una bandeja llena de vasos de chupito en la otra.
—Caballeros, con su permiso. ¿Una crema de orujo para terminar?
Todo sucede muy rápido: Manu mira los vasitos blancos y duda. No está seguro de si la crema de orujo contiene leche. En todo caso, debe de ser muy poca cantidad, piensa. Hoy no ha tomado la pastilla de lactasa, pero no debería de suponer un problema. Se imagina por un segundo rechazando el chupito: sus nuevos amigos mirándolo con desdén, alguno soltando un comentario de “mariquita”, “nenaza” o incluso “friki”. Se lanza con determinación a por un vaso.
Brinda con los demás y se lo bebe de un trago. El dulzor en la boca es agradable, pero enseguida deja paso a un ardor suave que le baja por la garganta y aterriza en el estómago con un rugido. Reconoce esa sensación al instante. Durante los siguientes minutos, finge atender a la conversación sobre las bondades de la creatina, pero solo puede pensar en los disturbios que están teniendo lugar en su vientre, que se siente ahora como si contuviera cinco huevos duros apilados.
—Voy a echar un meo —dice Manu y se marcha del jardín en busca de un baño.
Entra al salón por la puerta acristalada. Recorre el pasillo con prisa. Sus tripas revolviéndose como una serpiente tratando de cazar un ratón. Dobla la esquina y se topa con una cola de ocho personas esperando para entrar al baño. Le dice a última de la fila:
—Perdona, ¿llevas mucho esperando?
La chica mira su móvil y dice:
—Creo que llevo cuarto de hora y no hemos avanzado. Si yo fuera tú, me iba a mear al bosque.
Manu considera durante unos segundos la idea de gestionar una diarrea explosiva a oscuras en medio de un bosque, vestido completamente de blanco. Por el motivo que sea, no le termina de encajar, así que da media vuelta y empieza a trazar un plan para huir de la fiesta y llegar a casa antes de que explote la bomba que se está formando en su intestino.
Vuelve a salir al jardín y se acerca a sus amigos del crossfit. Les dice:
—Oye, chicos, lo siento, pero me voy a tener que ir ya, es que…
—Qué, ya has quedado con otra, ¿eh, pillín? —dice Tomás.
—Sí, justo eso —dice Manu.
—Joder, el que se iba a calmar. Ya veo, ya —se ríe Álvaro.
—Venga, ¡nos vemos el lunes! —dice Manu y toma la vereda de piedras que sale al exterior.
Al salir al aparcamiento, se encuentra con tres filas de coches iluminados por la luz naranja de unas farolas altas. A la derecha comienza un bosque de abetos y al fondo se ve la autovía, con más tráfico de lo usual para las horas que son. Su coche, un Dacia gris, está aparcado en la fila más cercana a la casa. Lo abre con el mando a distancia y camina apresuradamente hacia la puerta, presionando los glúteos.
Según está subiendo a su coche, Manu ve cómo un BMW negro entra al aparcamiento y empieza a maniobrar en la fila más alejada a la suya. Lo ve borroso, pero alcanza a distinguir la figura de tres chicas en su interior. Una punzada de dolor atraviesa las tripas de Manu. Empieza a sentir una burbuja de gas desplazándose imparable desde su colon hacia su recto. Se queda mirando cómo el coche negro estaciona y las chicas se bajan de él. A esa distancia y sin gafas, no las reconoce, así que decide dejar escapar la ventosidad.
La flatulencia emerge silenciosa pero con un penetrante olor a podrido. Deja en su culo una calidez y una humedad inesperadas. Su sentido arácnido le alerta de un posible rastro en sus calzoncillos. En ese momento, en la distancia, emergen de entre los árboles un par de borrachos que vuelven de mear y no dudan en babosear a las chicas que acaban de salir del coche:
—Eh, guapash, ¡venirosh con noshotrosh!
—Contigo ni loca, cerdo —dice una de ellas.
Manu saca las gafas de la guantera y se las pone. Reconoce entonces a la chica que acaba de responder al borracho. Estrella. Va vestida con un top cruzado y lleva unos pantalones de campana que ondean a cada paso. Camina junto a dos desconocidas en dirección al jardín. Estrella lo ve y lo reconoce enseguida. Lo saluda con la cabeza. Luego le hace un gesto a sus amigas y se separa de ellas, para dirigirse directamente hacia su coche.
Manu entra en pánico. Mete las llaves y arranca el motor. Abre las cuatro ventanillas, enciende el aire acondicionado. Coge su chaqueta del asiento del copiloto y la lanza al asiento trasero haciendo un sutil gesto de ventilación para que el aire circule y disipe el hedor. Estrella da unos toquecitos con los nudillos en el techo del coche. Dice:
—Toc, toc. ¿Se puede? —Y apoya los brazos en la ventanilla del piloto.
—¡Hombre, Estrella! ¿Qué tal?
—Muy bien, aquí, que me he venido con un par de amigas de Málaga. ¿Tú acabas de llegar también?
—No, qué va. De hecho me iba ya para casa —dice Manu—, que tengo que dar de comer al gato.
—¡Anda! No sabía que tuvieras gato. Pensaba que nuestro casero no permitía mascotas en todo el bloque —dice Estrella.
Un sonoro gruñido emerge de la tripa de Manu, quien ya no sabe si atribuirlo a la indigestión o al nerviosismo de ver su mentira expuesta.
—Pues es una pena —dice Estrella—. Me habían dicho que ibas a venir y me hacía ilusión verte en algún sitio que no fuera el gym ni el ascensor.
Manu no puede creer lo que escucha. ¿Álvaro tenía razón? No puede pensar con claridad porque el ano le palpita sin cesar, anunciando la inminente detonación. Se tiene que marchar. Lejos. Ya.
—De verdad que me encantaría quedarme, pero me tengo que ir. En serio. Es… algo personal —dice Manu y mete la marcha atrás.
Al oír el pitido del coche, Estrella se incorpora y retira sus manos de la puerta, extrañada. Manu levanta lentamente el pie del embrague y el coche comienza a desplazarse hacia atrás, cogiendo inercia. Estrella se despide moviendo la mano y dice:
—Bueno, vale. Ya hablamos, que quiero comentarte una cosa de la Comic-Con.
Manu hinca el pie derecho en el pedal de freno. El coche se para en seco. Su cabeza rebota violentamente contra el respaldo. Su cuerpo pega un latigazo que le oprime el tórax. Un pedo trompetero, como de dibujo animado, retumba en todo el coche.
Cuando se incorpora, ve a Estrella muriendo de risa, tapándose la boca con la mano. Manu se pone colorado. Una gota marrón se desliza hasta su corva derecha. ¿Ella lo habrá olido? Porque oírlo claramente lo ha oído.
—¿Has dicho “Comic-Con”? —dice Manu.
—Sí, es que me han dicho mis amigas que este año lo hacen en Málaga y, como siempre te veo subir al piso con cómics, pensé que igual te apetecía venirte —dice Estrella.
—Eh… ¿yo? Sí, claro que me apetece. Erm… Te escribo por Insta, ¿vale?
—Vale. O me llamas al timbre —dice Estrella—. Venga, hablamos. Que se te dé bien con el gato.
Y se da media vuelta, riendo.
Manu arranca de nuevo, mete marcha atrás y sale del parking bruscamente. Se lleva por delante un cono que delimita la puerta de salida. Conduce durante unos minutos por la vía de servicio y, de pronto, se da cuenta de que no le importa ir completamente cagado, ni tener una sonrisa idiota en la cara.
A la mañana siguiente, se pone las gafas y no se las quita en todo el día.



La lectura de esta historia me deja dos reflexiones:
- Si existe algo parecido al "übermensch" de Nietzsche es aquel que puede pensar con serenidad mientras le palpita el ano.
- Todos hemos sido alguna vez el "pinfloi" de alguien.
El Chet Baker de los pedos. Muy bueno, Diego, me he reído.