Hacia una agronomía de la lengua (migrante)
En la noche de las librerías, en medio de avenida Corrientes al atardecer, tuve una conversación sobre migración y lenguaje. Fue en el programa Mundo Migrante de Carolina Arenes, en la 1110 AM, junto a Gustavo Valle (Venezuela), Gabriel Payares (Venezuela) y Mónica Zwaig (Francia). Hacía frío, había una multitud paseando y hasta algunos se detenían a escuchar.
Es bella la vida cultural de Buenos Aires. Lo que los habitantes de esta ciudad permiten que suceda y de lo que se hacen parte. Para mí es parte de su espíritu, más allá de las modas, los recursos y los gobiernos. Quizás sea también que se lo cuentan a ellos mismos y así funcionan las leyendas.
Hay una idea que me quedó ese día en la punta de la lengua, que me había venido hace unas semanas atrás. Cuando terminó la charla me dije “¡Era esto!”. Se trata del tema de hablar de una forma que no es de aquí ni es de allá. “Muy argentino para ser chileno y muy chileno para ser argentino”, me dice Laila. Pero creo que se aplica a cualquier movimiento de migración. El tema es qué, ¿cómo nos movemos? ¿El cambio lingüístico equivale al movimiento de los animales? ¿Uno “cambia” así como quién muda de piel o se cambia el abrigo? Tengo mis dudas.
Tendemos a pensar la identidad de lengua por el territorio o una nación: Chileno, Rioplatense, Cordobés, Andaluz, Andino, etc. Pero en esa dimensión espacial, olvidamos que uno es también hablante de un tiempo.
Uno no fue ciudadano solo de un lugar, sino también de un momento. De una época, con sus chistes, su bello mientras tanto. Mi chileno llega hasta el 2010. No me reconozco en el chileno de hoy. En las particularidades, los giros, las citas, las metáforas de ahora. Creo que algo así deben sentir los viejos cuando el tiempo ha pasado, pero al menos aún se tienen unos a los otros. Son la parte más antigua del bosque, pero parte del bosque al fin.
Ya no quedan chilenos del 2010. Todos crecieron y ahora hablan un chileno del 2025. La bifurcación es clara.
He sido cultivado. Cultura y Cultivo tienen una etimología en común: de la labor agrícola pasó a denominar el desarrollo intelectual y espiritual. Cuando migramos, cultivamos en otra tierra y también somos cultivados. Pero un migrante no es una semilla: ya ha crecido, ya tiene hojas, ramas y ha sobrevivido una que otra plaga.
Un migrante es un esqueje de su lengua. Nos cortamos como a una ramita y la llevamos a otra tierra, donde la regamos y bebe sol y sigue creciendo ahora conviviendo con otro bosque, otros campos, dando la mano a otras raíces, tomando el aire de otras copas.
No es que uno comience a hablar como argentino o donde sea que hayas ido. Es que seguís hablando como chileno pero echando raíces en otros lados y creciendo, nutrido de otro suelo y bebiendo agua nueva. O venezolano, o andino, o lo que haya sido tu tiempo y lugar de origen. Mi esqueje mantiene la genética del chileno 2010 pero se nutre de los minerales, el agua y el viento de Buenos Aires. Un esqueje preserva el tiempo de origen, pero habita el nuevo territorio.
El esqueje guarda las formas y cierta memoria de su cuerpo originario. Costumbres y algunas mañas. Entre que seguís comiéndote la s o se te sale un po’ o un cachai.
Más que una conciencia del desarraigo, creo que podemos darnos una conciencia del arraigo. Cómo crecemos en otras tierras, nosotros que brotamos y fuimos cortados del vástago. De cierta manera, adentrarse en una agronomía del lenguaje. Cómo se siembran las palabras, cómo nutrimos el habla, y hasta qué alimentos podemos producir.
Cada uno es un esqueje del árbol donde creció en el reino de las lenguas.
🎧 Para escuchar: Les invito a ponerse la conversación de fondo. Mónica, Gustavo y Gabriel son escritores muy interesantes y la charla cruzó muchas de estas fronteras. [Escuchar el programa acá]
Muchas gracias por leer hasta el final.
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