Inseparables
de Bruja Maldada
No dejo de tiritar. No hay estufas ni braseros en esta parte del orfanato. El cabecero de metal está frío y la manta desgastada no me cubre los pies. Alzo la colchoneta, saco la foto y, con la poca luz que va entrando por los ventanales sin cortinas, miro lo único que me queda de mi familia. Por aquel entonces tenía cinco años; recuerdo bien el olor de mamá. Antes de que pueda darme cuenta, Bruno me arranca la foto de las manos, la rompe y la tira hecha pedazos al suelo. Sonríe y acerca su cara a la mía: «Ahora ya no te queda nada».
La foto del general está colgada en la pared principal del comedor. Todas las mañanas rezamos por él y le damos las gracias antes de cada comida. Las monjas dicen que le debemos mucho porque salvó a España, que acabó con la guerra y construyó iglesias y hospitales para todos. Lo miro de reojo mientras estoy en la fila esperando a que me sirvan el cuenco de comida. Hoy toca algo parecido a una sopa: un caldo transparente con fideos y trozos de col flotando. Los sábados de invierno, mamá y yo cocinábamos juntos. Ella ponía la olla en el fuego y empezaba a trocear la gallina. Yo revisaba los garbanzos para que no se colara ninguno negro. El pie de Bruno me devuelve a la realidad y mi cuenco de caldo cae al suelo. Sor Tomasa cruza el comedor, me coge de una oreja y tira de ella hasta ponerme en medio de todos.
—¡De rodillas!
Obedezco sin rechistar.
—Estira los brazos y abre las palmas.
Con una vara de madera me golpea en las palmas de las manos y enseguida se ponen rojas e hinchadas. Mi hermano sonríe satisfecho.
Las monjas nos dejan salir al recreo durante una hora. Algunos niños corren de aquí para allá, tratando de alcanzarse; otros juegan al escondite y otros, a las chapas. A mí me gusta subirme a la rama de un árbol y ver qué sucede desde allí. De camino a mi lugar favorito, el Pecas se acerca y, a escondidas, me muestra el trozo de pan que tiene en el bolsillo.
—¿De dónde lo has sacado?
—Me lo guardé durante la comida. ¿Quieres?
Giro la cabeza a un lado y a otro. Nadie vigila.
—De acuerdo, solo un poco.
Mastico el primer bocado y Bruno sale de detrás de un árbol y grita a pleno pulmón:
—¡Sor Tomasa! ¡Sor Tomasa! ¡Nacho está comiendo pan!
La monja me da una bofetada y el Pecas me susurra:
—Lo siento Nacho, tu hermano me ha obligado.
Arrastro el cubo del agua, meto el cepillo y le unto jabón. De rodillas otra vez. Ahora, para fregar el suelo del aula donde nos enseñan religión, historia de España y literatura. Me escuecen las manos y las rodillas se me clavan en el suelo. Mojo el trapo en el cubo y aclaro las baldosas sin perder tiempo, pronto vendrán los chicos de nuevo. El agua está negra al terminar el aula, pero paso a fregar también con ella la galería. Cuando voy por la mitad, sor Mercedes la cruza en dirección a su despacho. Dejo el cepillo y el trapo en una esquina y me acerco hasta allí con cuidado de no resbalarme. Doy unos golpecitos en la puerta.
—¿Sí?
—Madre superiora…
—¿Qué ocurre Nacho?
—Verá…
—Habla que no tengo todo el día.
—Me gustaría saber si algún matrimonio… se ha interesado en mí.
La monja levanta la cabeza del papel, le pone el capuchón a la pluma y cruza las manos antes de dirigirse a mí.
—Sí. Hace unos días un matrimonio quiso adoptarte.
—¿De verdad? Entonces… ¿cuándo me voy?
—Solo querían adoptar a un niño y Bruno es tu hermano. No puedes irte sin él.
—Bruno es malo conmigo.
—¿Quieres que Dios te castigue por no perdonar a tu hermano?
Cierro la puerta al salir y continúo fregando la galería.
Los domingos en el orfanato son el día de la compra. Las monjas nos frotan con jabón detrás de las orejas, nos peinan como Dios manda y nos advierten, señalándonos con el dedo, que nos portemos bien. Los matrimonios vienen dispuestos a conseguir un niño, hablan con la madre superiora y salen al patio a observarnos mientras jugamos, igual que si fuéramos piezas de ganado. Las señoras eligen y los maridos aceptan y les dan gusto. Desde mi lugar favorito espío lo que sucede. Sor Mercedes va a por el niño seleccionado, lo coge de la mano y lo lleva delante del matrimonio. Ellos lo saludan amablemente y la señora le hace unas cuantas preguntas. Un pelotazo me desequilibra y me hace caer del árbol. Bruno se ríe junto a sus amigos. En la rodilla tengo un bulto con sangre. Trato de marcharme arrastrando la pierna, pero mi hermano me detiene.
—No te vas a librar tan fácilmente de mí.
—Déjame en paz y vete a molestar a otro.
Bruno se acerca a mí hasta rozar su nariz con la mía.
—De aquí nos vamos juntos, ¿me oyes?
Le doy un empujón para que vea que no me asusta. El puñetazo que me pega en el estómago me deja sin respiración. Me agacho unos segundos, recupero el aliento y subo de nuevo al árbol.
El alboroto de los niños llama mi atención. Una mujer vestida de rojo reparte dulces entre mis compañeros. Gritan emocionados cuando reciben las chocolatinas y los caramelos. Sor Mercedes pide silencio. Bajo del árbol con cuidado. La sangre de la herida me resbala por la pierna y el bulto ha crecido, pero consigo llegar hasta la señora. El hombre que está a su lado le sostiene la caja de dulces. Ella se inclina y repara en la herida.
—¿Qué te ha ocurrido, Nacho? —dice sor Mercedes.
—Me he caído del árbol, madre.
—Anda, vamos a curar esa herida.
La señora vestida de rojo pide permiso para acompañarnos a la enfermería.
—¿Te duele mucho?
Niego con la cabeza.
Me subo a la camilla y la monja enfermera abre el botiquín y saca el algodón y el agua oxigenada.
—¿Te gustaría venir a vivir conmigo, Nacho?
Levanto la cabeza y miro a la señora. Ella espera mi respuesta con una sonrisa. La madre superiora no dice nada.
—Yo… Tengo un hermano.
—¿De tu misma edad?
—Un poco más grande.
—¿Quieres presentármelo?
La monja ha terminado de curarme. Doy un pequeño salto y bajo de la camilla. Miro a sor Mercedes y ella a mí. La señora me tiende la mano, yo la rechazo y salgo al jardín.




Es un final abierto, porque a mi se ocurren algunas posibilidades, que eso proponen los finales abiertos, o hay continuación.
Como siempre, atrapante. y el siempre horror de esos lugares destinados a los niños, y la falta de amor de esas monjas que tendrían que estar hechas de otro material.
¿Continuará?