Lux Æterna
Puede que no sea católica, pero cargo con mis cruces.
Hubo un tiempo de mi vida en el que creí en Dios sobre todas las cosas. Mi madre me grababa entrevistas en las que me preguntaba cosas raras y yo le respondía, devota perdida. Tenía siete años. Mi madre era atea, pero yo le hacía mucha gracia. Mi padre también era ateo, aunque opinaba que los niños debían creer en Dios y dejar la cuestión para más adelante. Se enfadó cuando una amiga de mi madre me explicó que también existía la posibilidad de no creer. Mordí la manzana. Me pregunto si mi pasado de mística cristiana, en el que hablaba con Jesús a través de un ventanuco de una calle de mi pueblo, tiene algo que ver con todo lo que quiero comentar en este texto. Cuando hable de espiritualidad, me referiré a cualquier relación con lo que no podemos explicar, con un más allá que es tanto del cuerpo como del pensamiento.

En los últimos días he estado leyendo críticas muy férreas al nuevo disco de Rosalía por estar inspirado en un imaginario cristiano. Un disco que, por cierto, nadie ha escuchado. Me intriga una reacción tan intensa ante algo desconocido. Me refiero a las críticas, aunque esta frase también podría servirnos para hablar del fervor religioso. Quizás peque de exdevota, pero creo que muchas personas confunden espiritualidad con ideología. Se puede ser creyente y tener ideologías políticas muy distintas. Se puede ser absolutamente ateo y terminar rezando un día por alguien a quien amas, sin previo aviso.
Las críticas van casi todas en la misma dirección: proponer una estética cristiana hoy sería, aparentemente, una vuelta conservadora y casposa. Parece que la búsqueda de trascendencia, en este caso a través del cristianismo, sea automáticamente sospechosa de una debilidad mental. Como si la lógica, la ciencia, la filosofía y la espiritualidad no hubieran convivido durante siglos.
Intento entender por qué tanto malestar hacia esa imagen de Rosalía enfundada en un hábito monjil. Sobre todo, intento leerlo desde la realidad social de mi país, donde la institución católica ha sido una herramienta de castigo y represión. Es normal que en España identifiquemos el catolicismo con algo oscuro: fueron las manos que bendijeron fusilamientos, encubrieron abusos sexuales a menores o condenan la disidencia sexual. No obstante, también forma parte de nuestro imaginario colectivo.
Es 2025, hay en cada esquina un centro de yoga, y no tenemos problemas con que personas muy distintas busquen su espiritualidad en esta y otras prácticas hinduistas. No lo consideramos conservador o excluyente, quizás porque ignoramos su historia somos tolerantes con quien encuentra así una manera de regularse frente a este mundo roto, y nos vemos libres de integrar su esencia, replicando sin pudor su léxico: karma, mantra, gurú, chakra, avatar, nirvana… ¿Es que la espiritualidad solo parece legítima cuando es exótica? No me malinterpretéis, me encanta el yoga, me ayuda a estirar las cervicales. En cambio, nos cagamos en Dios si una joven artista no encaja con la idea que esperamos de ella, o, más bien: con las expectativas de lo que debe comunicar a través de su praxis artística. Qué curioso juzgar de adoctrinador un disco y aun así creerse con autoridad para imponerle a un artista lo que debería crear.
Que se vista de monja o se tiña una aureola en la cabeza no es nuevo, ni en la música pop ni en su práctica rosalinesca. Tiene referencias cristianas en todos sus discos anteriores. Entonces me pregunto: ¿por qué ahora esto resulta imperdonable y terrible? Una crítica a menudo dice más de quien la formula y de sus prejuicios que de la obra cuestionada. Sobre todo, si ni siquiera hemos tenido oportunidad de escuchar o ver dicha obra. Asociamos valores cerrados y atrasados al cristianismo o a cualquier otra religión monoteísta, pero no a las prácticas hinduistas, budistas o sintoístas, a las que atribuimos la ligereza del vaivén de un junco.
Si pudiera ponerle un tono a las críticas de estos días, seria el blanco opaco de un cristal embadurnado en vaselina, algo que no nos deja ver más allá del juicio automático. No hay idiosincrasia ibérica sin referencias a todas las religiones que han ocupado nuestro territorio. Suena en mi cabeza Sangre gitana y mora de Lole y Manuel, donde se marcan una cover en árabe de Alf Leila Wa Leila de la cantante egipcia Umm Kulthum. La historia de nuestro cine es una masterclass en la síntesis y regurgitación del imaginario cristiano, y a nadie le parece extraño. Y, sin embargo, no sabemos celebrar la libertad de expresión en una artista. ¿Queremos luchar contra la uniformidad del capitalismo diciendo a los artistas lo que tienen que hacer? Qué paradoja.
Quizás es que preferimos etiquetar algo como conservador para poder ubicarlo, pensando que es la única manera de comprenderlo. Cuando, precisamente, la artista está performando una mística que nos invita al cambio y a una apertura del alma. Me contradigo, yo me transformo. Dice Lara Alcázar en su último post que “De Madonna a Rosalía, la historia del pop femenino está llena de artistas que se atrevieron a jugar con lo sagrado y les han caído por todas partes. Al final, han demostrado que lo que la sociedad les exige es justamente lo que buscan desafiar. Que no esperen nada predecible de una artista, puesto que la artista es libre y esa libertad su arma más poderosa.”

Marvin Gaye compuso What’s Going On como un manifiesto social y político con claras referencias cristianas. A Love Supreme de John Coltrane es una declaración de fe y gratitud a Dios. Alice Coltrane, tras la muerte de su marido, se refugió en la espiritualidad hindú de los Hare Krishna y grabó Journey in Satchidananda. Sinéad O’Connor, cristiana confesa, se ordenó sacerdotisa en una iglesia disidente y, en 1992 rompió en directo una foto del Papa Juan Pablo II para denunciar los abusos sexuales encubiertos por la iglesia católica. Prince se crio en un hogar cristiano y más tarde se convirtió al cristianismo evangélico, desarrollando un lenguaje artístico irreductible donde se entrelazan sexualidad y religiosidad. Todos ellos han trascendido espiritualmente y nos han traído algo de vuelta. A ninguno de ellos se les ha criticado por capitalizar su fe, más bien se la ha considerado como un elemento que enriquece y contextualiza su obra. La experiencia religiosa no tiene que ser moralizante ni impositiva: puede ser un camino que nos pregunta, ilumina e incomoda.
No tendríamos R&B, soul, blues ni gran parte del pop sin el gospel: muchos de sus grandes artistas, de Aretha Franklin a Sam Cooke o Whitney Houston, comenzaron en coros de iglesia, y esa formación comunitaria y emocional marcó su manera de cantar y de vivir la música. Por ahora, lo que sabemos de este nuevo disco de Rosalía es que ha sido grabado con la Orquesta Sinfónica de Londres, bajo la dirección de Daníel Bjarnason, y que está lleno de voces femeninas: Björk; la fadista portuguesa Carminho; Estrella Morente y Silvia Pérez Cruz; la mexicana Yahritza… También Yves Tumor; las voces de la Escolania de Montserrat y el Cor de Cambra del Palau de la Música Catalana. Puestos a criticar algo que aún no hemos escuchado, podríamos analizar semejante elenco que hace temblar las piernas.
Todas somos esclavas del capitalismo, y quizás la única forma de escapar un poco de sus garras viene por mirar hacia dentro. Qué sentido tiene criticar que una artista pop tome elementos espirituales y los convierta en otra cosa cuando el pop es precisamente eso: territorio de mezcla, reinterpretación, síntesis y regurgitación. Ese es su lenguaje. Es como reprochar al viento estar moviendo las hojas. El hecho de que algo circule en el mercado, no lo vacía de sentido. Todo arte que llega al público hoy lo hace mediado por el capitalismo, incluso el más radical. Rosalía, al igual que todas nosotras, conoce el lore del sistema de explotación del que es partícipe, pero lo convierte en un escenario donde ponerse en juego, y eso no solo es valiente, es lo que haría un artista.
Dice Luna Miguel en su último post: “La mística es la razón poética, dicen quienes la miran como pulsión creativa.” Y yo estos días me pregunto cómo habría podido yo experimentar cualquier cosa de las que me gustan, desde bailar techno o escribir un poema, sin haber aspirado a que un más allá pudiera atravesarme. La mística es, entre otras cosas, la energía que impulsa la apertura, y sin ella no existen la música, la poesía, la pintura... La mística es algo irreductible e indecible, que lanza un cuerpo extraño a través de nuestro propio sistema, con la esperanza de que nos dejemos poseer. Y quizás en un instante, encontrar sentido en el caos, incluso cierto alivio, para de nuevo ser atrapados por el misterio y el horror al día siguiente.
Se me hace imposible llegar a este punto y no pensar en la razón poética de María Zambrano, entendida como conocimiento profundo del ser y como puerta a lo infinito del alma. Y yo escribo esto sintiendo algo de pena, no porque se critique a una artista, ella no necesita mi defensa, sino porque siento que nos perdemos. En el estado político actual, donde reinan el fascismo y la manipulación ideológica, quizás sea aún más necesario reconciliarnos con la espiritualidad, mirarla sin miedo ni prejuicio, sin confundirla con los brazos que ejercen la violencia y el poder, y reapropiarnos de nuestra luz eterna interior para transmitirla a los demás como un testigo.
Por algo la palabra “mística” deriva del griego mystikós, que significa “relativo a los misterios”. Este término proviene a su vez del verbo myein, que significa “cerrar” (la boca o los ojos). Por ello, lo místico está íntimamente ligado al secreto y a la experiencia reservada: aquello que permanece cerrado pero que transforma a quien lo recibe. Podemos intentar cerrar los ojos y la boca, para escuchar mejor o para aprender a ver de otro modo.
Ariadna Chez
(…) Es verdad que Dios está en todas partes, pero hay que verle, sin preguntar que dónde está, como si fuera mineral o planta. Quédate en silencio, mírate la cara. El misterio de que veas y sientas, ¿no basta? Pasa un niño cantando, tú le amas: ahí está Dios. (…) Fragmento de “Un hombre pregunta” de Gloria Fuertes.






Qué maravilla de post. Me reconozco en todas esas que sienten asco y agarrotamiento en el estómago hacia la capitalización de los símbolos esclesiásticos por las artistas (porque “embellecimiento” lleva a blanqueamiento de un sistema opresivo y casposo de alienación). Y aún así, no puedo evitar gozar también con esos mismos símbolos, con la poesía mística, la luz que pasa unas vidrieras (e, imagino, con el disco de la Rosalía en unos días). Supongo que hay una herida muy profunda que no se cierra porque no ha habido justicia reparadora ni voluntad política de buscarla, y en esa contradicción nadamos como vamos pudiendo.
qué buen texto <3