Desempleada
mi excedencia de descanso y relajación
En noviembre de 2021 comencé a trabajar por primera vez en una empresa. Había trabajado antes, pero jamás había estado cerca de un trabajo corporativo con su departamento de Recursos Humanos, una aplicación para fichar las horas de entrada y salida, o teniendo que unirme a reus para hacer la plani de la semana siguiente. A pesar de que ese contrato, en un principio, serían seis meses de prácticas con un sueldo que aún me dejaba lejos de ser mileurista, ya no era la chica autónoma que estaba dando vueltas toda la tarde con su coche para ir a dar clases particulares, ni tampoco tendría que aguantar a niños en un campamento de verano: ahora era una corporate girlie, tenía 26 años y me sentía, por fin, una pieza útil de la maquinaria social, una adulta funcional.
Ese contrato de prácticas se convirtió en un contrato indefinido hasta que, en el verano de 2024, pedí una excedencia porque no podía más. El trabajo lo había invadido todo: mi vocabulario, mi organización, mis mapas mentales, mi tiempo libre, mis rutinas, mi autopercepción. Por suerte, nunca pensé que mi vida se quedaría vacía de significado si no tenía un trabajo con el que identificarme, pero sí me preguntaba cada día dónde iría a parar si mi cuerpo y mi mente seguían siendo incompatibles con el mundo corporativo, que muchas veces parece el único camino disponible.
Durante cada jornada sentía que estaba yendo contra mi propia naturaleza; era algo que iba más allá de que trabajar en sí sea un rollo, no era por tener que madrugar, ni por tener que cumplir un horario… era algo relacionado con estar participando en la partida de un juego cuyas instrucciones no entendía y a la que sentía que llegaba tarde. Lo más desconcertante es que se me daba bastante bien mi trabajo, incluso mis defectos jugaban a favor de que produjese mejor: mi inseguridad hacía que fuese autoexigente y meticulosa, la ansiedad que sentía al relacionarme me hacía dócil, complaciente y simpática con los clientes… daba igual cómo, pero yo siempre acababa perdiendo y la empresa ganando.
Según empecé a trabajar 40 horas semanales, empecé a notar que, por mucho que quisiera (e incluso consiguiera) desconectar del trabajo, no era un personaje de Severance (Apple TV). Estoy segura de que es físicamente imposible que todo lo que has sentido durante tu jornada laboral no se quede circulando por tu cuerpo. Es más, justo de eso va Severance, ahora que lo pienso. El cortisol desmedido que yo estaba generando me hacía perder el apetito y tener más migrañas y problemas para dormir de los que ya tengo de base. Todo esto no hacía más que reforzar la idea de que había algo en mí que no estaba en la sintonía correcta y, por muy bien que saliesen las cosas, me veía desacompasada, intentando seguir una coreografía imposible donde cada vez mas partes de mí se veían infectadas por el corporativismo. Puede que el trabajo no dignifique, pero vivimos en una sociedad y desde luego que una nómina sí te lleva a lugares donde quieres estar. Sin embargo, mi pequeña nómina no conseguía anclarme lo suficientemente cerca de la orilla a la que yo quería llegar, y el tiempo que me sobraba tras estar pegada a un teclado y un monitor se tornaba cada vez más oscuro e insulso.
En este punto es en el que tengo que deshacerme en justificaciones y hablar (por encima) de mi privilegiadísima situación y lo afortunada que soy. No sé cómo hacerlo sin resultar insoportable, pero es verdad: gracias a mi situación personal (pareja comprensiva y generosa con un sueldo que nos sostiene a ambos), me pude permitir dejar mi trabajo y tomarme todo el tiempo del mundo para ver qué hacer después. No tengo familiares dependientes, ni un bebé, ni una hipoteca, ni ninguna de las situaciones que frenan a tantísimas personas a la hora de decidir, a favor de su salud, pero en contra de su economía, dejar el trabajo. Por lo tanto, por supuesto que hablo desde una posición súper afortunada y privilegiada, que a veces se me antoja irreal, y soy totalmente consciente de que no cualquiera puede estar medio año (y subiendo) sin trabajar.
Ahora que ya hemos establecido esto, tengo que decirlo: me he sentido renacer en los últimos seis meses. Soy consciente de que la vida es mucho más complicada que decir abajo el trabajo, pero… abajo el trabajo. Por lo menos, abajo la semana laboral de 40 horas. No tiene sentido. Es verdad que, tras el subidón inicial, tardé al menos un par de meses en depurarme de todo lo acontecido desde noviembre de 2021. Fue como levantarme cada mañana con heridas supurando; muchos días, arrastraba los pies por casa sin ser capaz de hacer las 34903853294 cosas que pensé que estaría haciendo una vez terminasen mis obligaciones corporativas. No estaba cocinando 3 recetas nuevas por día, ni bordando, ni tejiendo, ni haciendo una vajilla entera de cerámica, ni probando todas las clases ofertadas en mi gimnasio. Lo primero que recuperé fueron las ganas de leer. Creo que es cierto que, si te gusta leer, los bloqueos lectores como tal no existen: lo que ocurre es la vida, que te pasa por encima y no te deja ni un solo segundo para querer disfrutar de leer. Después empecé a hacer galletas.
Siempre que me preguntan por esta época de mi vida, me refiero a mis días como ratos donde limpio de manera desordenada la casa, hago galletas, leo, voy a pilates y estoy con mis gatos. Nunca me he sentido más desempleada que el día que estaba viendo un directo del último concierto del Eras Tour de Taylor Swift en el móvil mientras iba caminando a clase de pilates a las 11:15 de la mañana. O en tardes como la de hoy, que debería estar duchándome o haciendo la cena y en cambio estoy escribiendo con el crepitar de una vela encendida de fondo, porque las horas se doblan y se estiran ante mí sin límite. He perfeccionado mis galletas con chispas de chocolate (las claves, para mí, son el chocolate negro y la mantequilla tostada), mientras hago la cama quizás me pare a coser la funda del edredón porque mis tiernos gatitos la hayan rasgado, y puedo dedicar ratos largos a seleccionar distintos platos de mis libros de recetas mientras hago anotaciones, o a guardar en mi carpeta de favoritos diferentes recetas de NYT Cooking (posiblemente, mi aplicación favorita del momento). Los cuidados son un privilegio, y no deberían serlo: deben ser la norma.
Estoy viviendo mi mejor vida porque puedo permitirme vivirla muy, muy despacio. Tengo el espacio mental para conocerme y el tiempo de sentir todo lo que necesito sentir, a mi ritmo (que es rematadamente lento). O para leerme un libro de Emily Henry de una sentada. The world is my oyster. Me preguntaba una amiga hace un par de días si me iba apeteciendo reincorporarme al mundo laboral y le respondí, rotundamente: no. Ahora bien, ¿me apetece tener un poco de independencia económica? Sí. Mirar menos los gastos algún mes, aportar dinero al proyecto común que tengo con mi pareja, viajar a Suiza a pasar tiempo con nuestra amiga que ha sido madre y su bebé, poder invitar a mis amigas a visitarme y pagar todas y cada una de nuestras actividades, regalarle caprichos a mi madre, hacerle limpiezas dentales a mis gatos, y otras cosas más o menos frívolas que creo que deben quedarse para mí y mi privacidad. Al final, es la nómina la que dignifica, y la que puede pagar la entrada de una casa, pero no es el trabajo el que da sentido a nuestra existencia, es solo un medio para llegar a un fin. Por lo pronto, se me hace tarde, tengo hambre y es hora de hacer mi receta de hoy: gnocchi con espinacas y feta.




